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Defensa de las mujeres

Edição BooksWhale em espanhol por Benito Jerónimo Feijoo

Un ensayo ilustrado sobre la capacidad intelectual de las mujeres y la crítica del prejuicio.

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Defensa de las mujeres

Defensa de las mujeres es uno de los textos más recordados de Feijoo por su ataque a los prejuicios contra la inteligencia femenina. Esta edición española original es valiosa para lectores de Ilustración, educación, historia de las mujeres y ensayo crítico.

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Benito Jerónimo Feijoo murió en 1764 y Defensa de las mujeres pertenece a sus ensayos del siglo XVIII; estas fechas respaldan el dominio público de esta edición española original.

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Defensa de las mujeres

Benito Jerónimo Feijoo

Defensa de las mujeres / Benito Jerónimo Feijoo Benito Jerónimo Feijoo Teatro crítico universal

Tomo primero Discurso XVI Defensa de las mujeres

§. I

1. En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres: pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones. Pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas con alguna brevedad sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género [326] de ciencias, y conocimientos sublimes. 2. El falso Profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, que destinó para sus secuaces, les negó la entrada a las mujeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la gloria, que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que sería muy buena dicha de las casadas, ver en aquella bienaventuranza, compuesta toda de torpezas, a sus maridos en los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió fabricadas de nuevo aquel grande Artífice de Quimeras. Bastaba para comprehender cuánto puede errar el hombre, ver admitido este delirio en una gran parte del mundo. 3. Pero parece que no se aleja mucho de quien les niega la bienaventuranza a las mujeres en la otra vida, el que les niega casi todo el mérito en esta. Frecuentísimamente los más torpes del vulgo representan en aquel sexo una horrible sentina de vicios, como si los hombres fueran los únicos depositarios de las virtudes. Es verdad que hallan a favor de este pensamiento muy fuertes inventivas en infinitos libros: en tanto grado, que uno, u otro apenas quieren aprobar ni una sola por buena: componiendo en la que está asistida de las mejores señas, la modestia en el rostro con la lascivia en el alma:

Aspera si visa est, rigidasque imitata Sabinas, Velle, sed ex alto dissimulare puta.

Contra tan insolente maledicencia, el desprecio, y la detestación son la mejor Apología. No pocos de los que con más frecuencia, y fealdad pintan los defectos de aquel sexo, se observa ser los más solícitos en granjear su agrado. Eurípides fue sumamente maldiciente de las mujeres en sus Tragedias; y según Ateneo, y Estobeo era amantísimo de ellas en su particular: las execraba en el teatro, y las idolatraba en el aposento. El Bocacio, que fue con grande exceso impúdico, escribió contra las mujeres la violenta Sátira, que intituló Labyrinto del amor. ¿Qué misterio habrá en esto? Acaso con la ficción de ser de este dictamen quieren ocultar su propensión: acaso en las brutales saciedades [327] del torpe apetito se engendra un tedio desapacible, que no representa sino indignidades en el otro sexo. Acaso también se venga tal vez con semejantes injurias la repulsa de los ruegos: que hay hombre tan maldito, que dice que una mujer no es buena, solo porque ella no quiso ser mala. Ya se ha visto desahogarse en más atroces venganzas esta injusta queja, como testifica el lastimoso suceso de la hermosísima Irlandesa Madama Duglás. Guillermo Leout, ciegamente irritado contra ella, porque no había querido condescender con su apetito, la acusó de crimen de lesa Majestad; y probando con testigos sobornados la calumnia, la hizo padecer pena capital. Confesóla después el mismo Leout, y refiere el suceso La Mota de Vayer {(a) Opusc. Except. }. 4. No niego los vicios de muchas. ¡Mas ay! Si se aclarara la genealogía de sus desórdenes, ¡cómo se hallaría tener su primer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro sexo! Quien quisiere hacer buenas a todas las mujeres, convierta a todos los hombres. Puso en ellas la naturaleza por antemural la vergüenza contra todas las baterías del apetito, y rarísima vez se le abre a esta muralla la brecha por la parte interior de la plaza. 5. Las declamaciones que contra las mujeres se leen en algunos Escritores sagrados, se deben entender dirigidas a las perversas, que no es dudable las hay. Y aun cuando miráran en común al sexo, nada se prueba de ahí, porque declaman los Médicos de las almas contra las mujeres, como los Médicos de los cuerpos contra las frutas, que siendo en sí buenas, útiles, y hermosas, el abuso las hace nocivas. Fuera de que no se ignora la extensión que admite la Oratoria en ponderar el riesgo, cuando es su intento desviar el daño. 6. Y díganme los que suponen más vicios en aquel sexo que en el nuestro, ¿cómo componen esto con darle la Iglesia a aquel con especialidad el epíteto de devoto? ¿Cómo [328] con lo que dicen gravísimos Doctores, que se salvarán más mujeres que hombres, aun atendida la proporción a su mayor número? Lo cual no fundan, ni pueden fundar en otra cosa, que en la observación de ver en ellas más inclinación a la piedad. 7. Ya oigo contra nuestro asunto aquella proposición de mucho ruido, y de ninguna verdad, que las mujeres son causa de todos los males. En cuya comprobación hasta los ínfimos de la plebe inculcan a cada paso que la Caba indujo la pérdida de España, y Eva la de todo el mundo. 8. Pero el primer ejemplo absolutamente es falso. El Conde D. Julián fue quien trajo los Moros a España, sin que su hija se lo persuadiese, quien no hizo más que manifestar al padre su afrenta. ¡Desgraciadas mujeres, si en el caso de que un insolente las atropelle, han de ser privadas del alivio de desahogarse con el padre, o con el esposo! Eso quisieran los agresores de semejantes temeridades. Si alguna vez se sigue una venganza injusta, será la culpa, no de la inocente ofendida, sino del que la ejecuta con el acero, y del que dio ocasión con el insulto; y así entre los hombres queda todo el delito. 9. El segundo ejemplo, si prueba que las mujeres en común son peores que los hombres, prueba del mismo modo que los Ángeles en común son peores que las mujeres: porque como Adán fue inducido a pecar por una mujer, la mujer fue inducida por un Ángel. No está hasta ahora decidido quién pecó más gravemente, si Adán, si Eva; porque los Padres están divididos. Y en verdad que la disculpa que da Cayetano a favor de Eva, de que fue engañada por una criatura de muy superior inteligencia, y sagacidad, circunstancia que no concurrió en Adán, rebaja mucho, respecto de este, el delito de aquella.

Capítulo de préviaPart 2Prévia

§. IV

27. Sobre las buenas calidades expresadas, resta a las mujeres la más hermosa, y más transcendente de todas, que es la vergüenza: gracia tan característica de aquel sexo, que aun en los cadáveres no le desampara, si es verdad lo que dice Plinio, que los de los hombres anegados fluctúan boca arriba, y los de las mujeres boca abajo: Veluti pudori defunctarum parcente natura {(a) Lib. 7 cap. 17. }. 28. Con verdad, y agudeza, preguntado el otro Filósofo, qué color agraciaba más el rostro a las mujeres, respondió, que el de la vergüenza. En efecto juzgo que esta es la mayor ventaja que las mujeres hacen a los hombres. Es la vergüenza una valla, que entre la virtud, y el vicio puso la naturaleza. Sombra de las bellas almas, y carácter visible de la virtud la llamó un discreto Francés. Y S. Bernardo, extendiéndose más, la ilustró con los epítetos de piedra preciosa de las costumbres, antorcha de la alma púdica, hermana de la continencia, guarda de la fama, honra de la vida, asiento de la virtud, elogio de la naturaleza, y divisa de toda honestidad {(b) Serm. 86 in Cantic. }. Tintura de la virtud la llamó con sutileza, y propiedad Diógenes. De hecho, [335] este es el robusto, y grande baluarte, que puesto enfrente del vicio, cubre todo el alcázar del alma: y que vencido una vez, no hay, como decía el Nacianceno, resistencia a maldad alguna: Protinus extincto subeunt mala cuncta pudore. 29. Diráse que es la vergüenza un insigne preservativo de ejecuciones exteriores, mas no de internos consentimientos; y así, siempre le queda al vicio camino abierto para sus triunfos, por medio de los invisibles asaltos, que no puede estorbar la muralla del rubor. Aun cuando ello fuese así, siempre sería la vergüenza un preservativo preciosísimo, por cuanto por lo menos precave infinitos escándalos, y sus funestas consecuencias. Pero si se hace atenta reflexión, se hallará que defiende, si no en un todo, en gran parte, aun de esas escaladas silenciosas, que no salen de los ocultos senos de la alma; porque son muy raros los consentimientos internos, cuando no los acompañan las ejecuciones, que son las que radican los afectos criminales en el alma, las que aumentan, y fortalecen las propensiones viciosas. Faltando éstas, es verdad que una, u otra vez se introduce la torpeza en el espíritu; pero no se aloja en él como doméstica, mucho menos como señora; sí sólo como peregrina. 30. Las pasiones, sin aquel alimento que las nutre, yacen muy débiles, y obran muy tímidas; mayormente cuando en las personas muy ruborosas es tan franco el comercio entre el pecho, y el semblante, que pueden recelar salga a la plaza pública del rostro cuanto maquinan en la retirada oficina del pecho. De hecho se les pintan a cada paso en las mejillas los más escondidos afectos: que el color de la vergüenza es el único que sirve a formar imágenes de objetos invisibles. Y así, aun para atajar tropiezos del deseo, puede ser rienda en las mujeres el miedo de que se lea en el rostro lo que se imprime en el ánimo. 31. A que se añade, que en muchas sube a tal punto el rubor, que le tienen de sí mismas. Este heroico primor de la vergüenza, de que trató el ingeniosísimo P. Vieira en [336] uno de sus Sermones, no es puramente ideal, como juzgan algunos espíritus groseros, sino practico, y real en los sujetos de índole más noble. Así lo conoció Demetrio Phalereo, cuando instruyendo la juventud de Atenas, les decía que dentro de casa tuviesen vergüenza de sus padres, fuera de ella de todos los que los viesen, y en la soledad cada uno de sí propio.

Capítulo de préviaPart 3Prévia

Nota. En las mujeres que se mataron a sí mismas, no se propone esta resolución como ejemplo de virtud, sino como exceso vicioso de la fortaleza, que es lo que basta para el intento.

§. VIII

48. Resta en esta memoria de mujeres magnánimas decir algo sobre un capítulo en que los hombres más acusan a las mujeres, y en que hallan más ocasionada su flaqueza, o más defectuosa su constancia, que es la observancia del secreto. Catón el Censor no admitía en esta parte excepción alguna, y condenaba por uno de los mayores errores del hombre fiar secreto a cualquiera mujer que fuese. Pero a Catón le desmintió su propia tataranieta Porcia, hija de Catón el menor, y mujer de Marco Bruto, la cual obligó a su marido a fiarle el gran secreto de la conjuración contra César, con la extraordinaria prueba que le dio de su valor, y constancia en la alta herida, que voluntariamente para este efecto, con un cuchillo se hizo en el muslo. 49. Plinio dice, en nombre de los Magos, que el corazón de cierta ave aplicada al pecho de una mujer dormida, la hace revelar todos sus secretos. Lo mismo dice en otra parte de la lengua de cierta sabandija. No deben de ser tan fáciles las mujeres en franquear el pecho, cuando la Mágica anda buscando por los escondrijos de la naturaleza llaves conque abrirles las puertas del corazón. Pero [347] nos reímos con el mismo Plinio de esas invenciones; y concedemos que hay poquísimas mujeres observantes del secreto. Mas a vueltas de esto, nos confesarán asimismo los políticos más expertos, que también son rarísimos los hombres a quienes se pueden fiar secretos de importancia. A la verdad, si no fueran rarísimas estas alhajas, no las estimaran tanto los Príncipes, que apenas tienen otras tan apreciables entre sus más ricos muebles. 50. Ni les faltan a las mujeres ejemplos de invencible constancia en la custodia del secreto. Pitágoras, estando cercano a la muerte, entregó sus escritos todos, donde se contenían los más recónditos misterios de su Filosofía, a la sabia Damo, hija suya, con orden de no publicarlos jamás; lo que ella tan puntualmente obedeció, que aun viéndose reducida a suma pobreza, y pudiendo vender aquellos libros por gran suma de dinero, quiso más ser fiel a la confianza de su padre, que salir de las angustias de pobre. 51. La magnánima Aretaphila, de quien ya se hizo mención arriba, habiendo querido quitar la vida a su esposo Nicotrato con una bebida ponzoñosa, antes que lo intentase por medio de conjuración armada, fue sorprendida en el designio; y puesta en los tormentos para que declarase todo lo que restaba saber, estuvo tan lejos de embargarle la fuerza del dolor el dominio de su corazón, y el uso de su discurso, que entre los rigores del suplicio, no sólo no declaró su intento, mas tuvo habilidad para persuadirle al Tirano, que la poción preparada era un filtro amatorio, dispuesto a fin de encenderle más en su cariño. De hecho esta ficción ingeniosa tuvo eficacia de filtro, porque Nicotrato la amó después mucho más, satisfecho de que quien solicitaba en él excesivos ardores, no podía menos de quererle con grandes ansias. 52. En la conjuración movida por Aritogitón contra Hippias, Tirano de Atenas, que empezó por la muerte de Hipparco, hermano de Hippias, fue puesta a la tortura una mujer cortesana, sabedora de los cómplices: la cual para desengañar prontamente al Tirano de la imposibilidad [348] de sacarla el secreto, se cortó con los dientes la lengua en su presencia. 53. En la conspiración de Pisón contra Nerón, habiendo, desde que aparecieron los primeros indicios, cedido a la fuerza de los tormentos los más ilustres hombres de Roma, donde Lucano descubrió por cómplice a su propia madre, otros a sus más íntimos amigos; solamente a Epicharis, mujer ordinaria, y sabedora de todo, ni los azotes, ni el fuego, ni otros martirios pudieron arrancar del pecho la menor noticia. 54. Y yo conocí alguna, que examinada en el potro sobre un delito atroz que habían cometido sus amos, resistió las pruebas de aquel riguroso examen, no por salvarse a sí, sí sólo por salvar a sus dueños; pues a ella le había tocado tan pequeña parte en la culpa, ya por ignorar la gravedad de ella, ya por ser mandada, ya por otras circunstancias, que no podía aplicársele pena que equivaliese, ni con mucho, al rigor de la tortura. 55. Pero de mujeres, a quienes no pudo exprimir el pecho la fuerza de los cordeles, son infinitos los ejemplares. Oí decir a persona que había asistido en semejantes actos, que siendo muchas las que confiesan al querer desnudarlas para la ejecución, rarísima, después de pasar este martirio de su pudor, se rinde a la violencia del cordel. ¡Grande excelencia verdaderamente del sexo, que las obligue más su pudor propio, que toda la fuerza de un verdugo! 56. No dudo que parecerá a algunos algo lisonjero este paralelo que hago entre mujeres, y hombres. Pero yo reconvendré a estos conque Séneca, cuyo Estoicismo no se ahorró con nadie, y cuya severidad se puso bien lejos de toda sospecha de adulación, hizo comparación no menos ventajosa a favor de las mujeres; pues las constituye absolutamente iguales con los hombres en todas las disposiciones, o facultades naturales apreciables. Tales son sus palabras: Quis autem dicat naturam maligne cum muliebribus ingeniis egisse, & virtutes illarum in arctum retraxisse? Par [349] illis, mihi crede, vigor, par ad honesta (libeat) facultas est. Laborem doloremque ex aequo si consuevere patiuntur {(a) In Consol. ad Martiam. }.

Sumário

Nesta edição

  1. 01Part 1
  2. 02Part 2
  3. 03Part 3
  4. 04Part 4
  5. 05Part 5
  6. 06Part 6
  7. 07Part 7
  8. 08Part 8

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