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Literatura
El mayor monstruo del mundo
Edição BooksWhale em espanhol por Pedro Calderón de la Barca
Un drama de honor, celos, poder y destino en el que el monstruo mayor puede ser la pasión humana.
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El mayor monstruo del mundo
Un drama de honor, celos, poder y destino en el que el monstruo mayor puede ser la pasión humana. Calderón convierte los celos y el honor en una maquinaria trágica donde el poder político y el miedo personal se confunden.
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El mayor monstruo del mundo
Pedro Calderón de la Barca
Capítulo de préviaElencoPrévia
EL TETRARCA DE JERUSALÉN. OCTAVIANO, emperador. ARISTÓBOLO, príncipe. FILIPO, viejo.
TOLOMEO, soldado. PATRICIO, capitán. POLIDORO.
MARIENE, dama. LIBIA, dama. SIRENE, dama.
ARMINDA, criada. MÚSICOS. SOLDADOS.
Capítulo de préviaActo IPrévia
Cuadro I
Salen los Músicos y, mientras cantan, van saliendo los que puedan de acompañamiento y detrás el TETRARCA y MARIENE, llorando.
MÚSICOS:
La divina Mariene, el Sol de Jerusalén, por divertir sus tristezas, vio el campo al amanecer. Las fuentes, flores y aves la dan dulce parabién, siendo triunfo de sus manos lo que es pompa de sus pies, y como aves, fuentes, flores solicitan su placer, convidando unas a otras, dicen una y otra vez: «Fuentes, sus espejos sed: corred, corred; aves, su luz saludad: volad, volad; flores, sus sendas lucid, venid, venid; y a poner paz en lid de un cielo y un vergel, aves, fuentes y flores, venid, volad, corred.»
TETRARCA:
Callad, callad, suspéndase el acento que sonoro se esparce por el viento. Hermosa Mariene, a quien el orbe de zafir previene ya soberano asiento, como estrella añadida al firmamento, no con tanta tristeza turbes el rosicler de tu belleza. ¿Qué deseas? ¿Qué quieres? ¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú no eres, querida esposa mía, reina en Jerusalén? Su monarquía, en cuanto ciñe el sol y el mar abarca, ¿no me aclama su ínclito Tetrarca, que es Viso-Rey, mudando en mí el trofeo sola la voz, porque nací Idumeo, de cuya autoridad dan testimonio letras de Marco Antonio y firmas de Octaviano?
TETRARCA:
¿Los dos no intentan (¡oh, no salga en vano!) competir el imperio que dilata y extiende su hemisferio desde el Tíber al Nilo? Yo, pues, ¿con falso trato y doble estilo de Antonio no defiendo la parte? Porque así turbar pretendo la paz, y que la guerra dure, a fin que después, cuando la tierra de sus huestes padezca atormentada, y el mar cansado de una y otra armada, pueda, deshechos ambos, declararme y en Roma, tú a mi lado, coronarme. Tu hermano y Tolomeo, ¿no son a quien les fío mi deseo, y todo el poder mío, pues con los dos socorro a Antonio envío?
TETRARCA:
Y en tanto, dueño hermoso, que al triunfo llega el día venturoso, ¿no estás de mí adorada? ¿De mis gentes no estás idolatrada por gusto tuyo en esta hermosa quinta que sobre el mar de Jafe el abril pinta? Pues no tan fácilmente se postre todo un sol a un accidente; pródiga restituya tu alegría su luz al alba, su esplendor al día, su fragancia a las flores, al campo sus colores, sus matices a Flora, sus perlas al Aurora, su música a las aves, mi vida a mí; pues con temores graves a celos me ocasionan tus desvelos... No sé más que decir: ya dije celos...
MARIENE:
Tetrarca generoso, mi dueño amante, mi galán esposo, ingrata al cielo fuera, y a mi ventura ingrata, si rindiera el sentimiento mío a pequeño accidente el albedrío. La pena que me aflige, de causa (¡ay triste!) superior se rige; tanto, que es todo el cielo depósito fatal de mi recelo, pues todo el cielo escribe mi desdicha, que en él grabada vive en papel de zafir con letras de oro. No con causa menor ni muerte lloro.
TETRARCA:
Menos sé ahora, y más dudo, el mío y tu dolor; y si es que pudo tanto mi amor contigo, hazme, mi bien, de tu dolor testigo: sepa tu pena yo, porque la llore y más tiempo no ignore ansia que ya con mis temores lucha.
MARIENE:
Nunca pensé decirla; pero escucha: un doctísimo hebreo tiene Jerusalén, cuyo deseo siempre ha sido, estudioso, adelantar al tiempo presuroso la edad, como si fuera menester acordarle que corriera.
MARIENE:
Este astrólogo, o mago, o nigromante, en láminas leyendo de diamante caracteres de estrellas, los ya futuros contingentes de ellas -como dije- adelanta con tanto estudio, con certeza tanta, que es oráculo vivo de todo ese volumen fugitivo que, en círculos de nieve, un soplo inspira y una mano mueve. Yo, que mujer nací (con esto digo amiga de saber), docto testigo le hice de tu fortuna y mi fortuna; que, viendo cuanto al monte de la luna hoy elevas la frente, quise antever el fin. Él, obediente, con el mío juzgó tu nacimiento y, a los acasos de la suerte atento, halló... (aquí el labio mío torpe muda la voz, el pecho frío se desmaya, se turba y se estremece, y el corazón aun con latir fallece), halló, en fin, que sería infausto triunfo yo (¡qué tiranía!) de un monstruo el más cruel, horrible y fuerte del mundo; y en ti halló que daría muerte (¿qué daño no se teme prevenido?) ese puñal que ahora traes ceñido a lo que más en este mundo amares.
Sumário
Nesta edição
- 01Full text
- 02Elenco
- 03Acto I
- 04Acto II
- 05Acto III
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