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Literatura

El primer loco

Edição BooksWhale em espanhol por Rosalía de Castro

El duelo, la obsesión y la soledad alteran la percepción de un mundo donde la pasión se aproxima a la locura.

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Introdução do livro

El primer loco

En El primer loco, Rosalía de Castro sitúa la experiencia del sufrimiento y de la fijación amorosa en el centro del relato. La memoria y la soledad transforman la manera de mirar a los demás y de interpretar los acontecimientos. La narración explora la inestabilidad de la identidad y los límites inciertos entre el deseo, el dolor y la pérdida de la razón.

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Rosalía de Castro murió en 1885; El primer loco se publicó en 1881.

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El primer loco

Rosalía de Castro

Capítulo de préviaCapítulo 1Prévia

-¡Ya puedo respirar libremente... ya me encuentro en mi verdadera atmósfera! Sólo aquí, en este lugar de mis predilecciones, en mi quinta abacial, tan llena de encantos y de misterio, puedo calmar en parte la inquietud que me devora el alma... ¡pero, qué inquietud, Dios mío!

-¿Tu quinta has dicho...? Nunca he sabido...

-Sí, Pedro; tiempo hace ya que este hermoso retiro, con sus verdes frondas, su claustro y su silencio me pertenece de derecho. Espero que muy pronto ha de pertenecerme también de hecho, a no ser que la adversidad o el destino hayan dispuesto otra cosa.

-Pues quiera el cielo se cumplan sus votos y seas por largos años el único dueño de tan bella posesión, aunque la crea más útil para ti, por los placeres ideales que te proporciona, que por lo que de ella hayas de lucrarte.

-¡Lucrarme...! Siempre esa palabra, siempre el tanto por ciento; ¿qué me supone a mí el lucro?

-Quizá nada, por más que la ganancia y el tanto por ciento hayan de ser, como quien dice, temas obligados en las realidades de la vida. Dichoso el que puede prescindir de semejantes pequeñeces; mas de lo que tú no podrás prescindir, es de un buen capital con el cual te sea fácil y decoroso dar más honesta apariencia a esas ventanas y puertas desvencijadas, por las que penetran la lluvia y el frío como huéspedes importunos; reparar esos paredones por todas partes agrietados y, en fin, levantar los techos medio hundidos que al menor soplo amenazan desplomarse.

-Lo de menos son los techos ruinosos, ventanas destrozadas y muros que se derrumban. Bien fácil cosa será, con unos cuantos puñados de oro, volver lo viejo nuevo, y convertir en cómodo asilo lo que en este momento semeja una triste ruina, a propósito únicamente para nido de búhos y ratas campesinas. Me cuido poco al presente (ya que espero mejores días) del interior de mi monasterio, y apenas si dirijo alguna mirada a sus desiertos corredores cuando subo a visitar al cura, que habita solo en donde tantos pueden caber a gusto y con desusada holgura. En cambio no pierdo de vista la iglesia y las bellas imágenes que pueblan los altares, y ante los cuales me postro cada día. Adoro de la manera más pagana los altos castaños y los añosos robles y encinas del bosque, bajo cuyas ramas suelo vagar día y noche con el recogimiento con que podría hacerlo el antiguo druida, cuando el astro nocturno estaba en su plenilunio, y amo este claustro y profeso a estos arcos, a estas plantas y piedras, el mismo apego que el campesino tiene a su terruño o a la casa en donde ha nacido, se ha criado, y enamorado quizá por primera vez y última vez de la que con él comparte las estrecheces de una vida de privaciones.

El que de esta suerte hablaba, dando a entender que el poético monasterio de Conjo (en cuyo claustro acababa de penetrar) no tan sólo le pertenecía de derecho, sino que de hecho iba a ser suyo para siempre, era un joven elegante, pálido, de rasgados ojos claros y húmedos, de mirada vaga, y cuya persona de distinguido y extraño conjunto no podía menos de atraer sobre sí la atención de todos, porque en realidad era imposible comprender, al verle, si una enfermedad mortal le devoraba ocultamente, o se hallaba en terrible lucha consigo mismo y con cuanto le rodeaba.

En la expresión de su rostro, entre dulce y huraño; en la correcta línea de unas facciones que revelaban la energía perseverante propia de los hijos de nuestro país; en todo su conjunto, en fin, había algo que se escapaba al análisis de los más suspicaces y versados en el arte de sorprender por medio de los rasgos de la fisonomía los secretos del corazón y las cualidades del alma.

Capítulo de préviaCapítulo 2Prévia

En efecto, como el que gozase en arrancarse las propias entrañas, Luis, con acento cada vez más expresivo y conmovedor, prosiguió hablando de esta manera:

-Usted está hechizado -me dijo una mañana la amiga de Berenice, acercándoseme en el claustro de la catedral, en donde agobiado por la tristeza me paseaba oyendo resonar a lo lejos el órgano, mientras leía como en libro consolador los epitafios de las sepulturas que iba pisando con mis pies-. Usted tiene en sí un maleficio, añadió, y es fuerza que le venzamos. Hace tiempo que me han autorizado para ello, y al fin veo que es necesario llevar a cabo obra tan meritoria. ¿A qué proseguir soñando y consumiéndose por lo que para usted es menos que una sombra? Ella no era capaz de amar, ni comprendió nunca el verdadero significado de esa palabra.

Y como notase que tan amargas aseveraciones me hacían un daño tal que se traslucía en mi rostro de una manera harto clara la dolorosa sorpresa y el desagrado que me causaban, prosiguió diciéndome con cariñosa severidad.

-El cauterio es un remedio fuerte, pero indispensable para curar ciertas heridas, y precisamente un cauterio es el que yo quiero aplicar a ese pobre cuanto rebelde corazón, por más que usted se enoje conmigo. No desagradó usted en un principio a Berenice, por el contrario, interesábale su aire melancólico y encontraba esa cabeza de poeta romántico que a la suerte plugo concederle digna de que una hermosa fijase en ella la distraída mirada. Y como vio por otra parte, bien claramente, el violento amor que había inspirado, y como le hiciese gracia suma la manera no común con que usted la rendía reverente culto, hubo de prestar atención a las extrañas melodías de aquel que ensalzaba su belleza sobre cuantas en la tierra pudieran existir, y de aceptar el incienso que un idólatra quemaba con fe ardiente en sus aras.

-¿Sabe usted -me dijo cierto día-, que me aqueja un pesar?

-¿A ti? -la pregunté sorprendida, porque en su semblante brillaba esa serenidad y complacencia propias de quien está satisfecho de sí mismo.

-No sé si me expresé mal -añadió-, pero es el caso que me siento disgustada, aburrida, y que, semejante al pájaro aprisionado, me agito sin cesar aguijoneada por una insoportable impaciencia que me incita a recobrar mi libertad.

-Pues encuentro muy extraño todo ello y no lo entiendo -la repliqué-, explícame, si puedes la causa de tus disgustos.

-Ese hombre, amiga mía -añadió-, va siendo para mí una verdadera pesadilla; no he visto modo de delirar como el suyo. Verdad es que, dado su carácter excéntrico, soy culpable de haber contribuido a enloquecerle, no tan sólo porque le hablé y escribí desde que nos conocemos en la misma forma lírico-melodramática que él usa siempre conmigo, sino porque hice tan a maravilla el papel que me propuse representar, en tanto esto pudo servirme de solaz, que el buen Luis llegó a creer en mí aún mucho más que en Dios, sin que ni un solo instante hubiese dudado de la firmeza y rectitud de los sentimientos que suponía abrigaba mi pecho. Hallóme por esto tan hecha a su gusto, y su entusiasmo fue creciendo y creciendo de tal manera al ver cómo yo sabía corresponder a su afecto, que llegó hasta el delirio y a la extravagancia más inverosímil en las demostraciones de su fantástico amor. Imagínese usted que se empeña en que nuestros espíritus tienen el don especial de atraerse y andar dando vueltas, abrazados, yo no sé por qué selvas e imaginarios espacios, y que no cesa de soñar con la muerte y la felicidad que hemos de gozar en mejores mundos, ¡cuando yo me hallo en éste tan a bien con la vida! Usted que conoce mi carácter, tan poco dado a andar fuera de lo real, comprenderá hasta qué extremo excitarían mi buen humor semejantes fantasías, repetidas a todas horas y en toda ocasión, y comprenderá asimismo como pudo llegar un momento en que se me hiciesen completamente antipáticas e insoportables. Amén de esto, como yo no he de unir mi suerte sino a la del hombre que mi padre quiera, sería completamente inoportuno que prosiguiese alentando sus locos desvaríos. He aquí por qué, al ver que esa criatura a todas horas y en todas partes se halla como pegado a la cola de mi vestido, vigila continuamente mis acciones, ronda mi puerta como un salteador y ha dado en tomar más en serio cada vez coqueterías de un momento y promesas que todos los amantes, o que se llaman tales, hacen hoy para olvidarlas mañana, llegó a impacientarme y ser mi sombra más temida. Me estremezco de disgusto cuando le veo, me asusta y enoja adivinar que me sigue cuando nos encontramos, y me siento mal si veo sus ojos de vampiro fijos en mí, con una mirada que tiene tanto de sospechosa como de ridícula. Si hubiese un alma caritativa (porque yo no me atrevo) que le fuese haciendo entender todo esto y me librase así de semejante loco...

Sumário

Nesta edição

  1. 01Full text
  2. 02Capítulo 1
  3. 03Capítulo 2
  4. 04Capítulo 3
  5. 05Capítulo 4

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