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Literatura
Don Segundo Sombra
Edición BooksWhale en español de Ricardo Güiraldes
Una novela gauchesca moderna sobre aprendizaje, pampa, memoria, libertad y formación de identidad.
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Introducción del libro
Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra narra la educación sentimental y vital de Fabio junto al gaucho que le da título a la obra. Güiraldes convierte la pampa, el trabajo rural, el viaje y la memoria en un clásico argentino de iniciación y elegía.
Edición BooksWhale
Cómo se preparó esta edición
Esta edición se basa en un texto de dominio público y fue preparada por BooksWhale para lectura digital.
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Por qué puede compartirse
Ricardo Güiraldes murió en 1927 y Don Segundo Sombra fue publicado en 1926; estos datos sostienen el dominio público del texto español en jurisdicciones de vida más setenta años.
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Don Segundo Sombra
Ricardo Güiraldes
Don Segundo Sombra.
—El es — dije, sin saber porqué, sintiendo la misma emoción que al anochecer, me había mantenido inmóvil ante la estampa significativa de
aquel gaucho, perfilado en negro sobre el horizonte.
—¿Lo conocés vos? — preguntó Don Pedro al tape Burgos, sin hacer caso de mi exclamación.
—De mentas, no más. No ha de ser tan fiero el diablo como lo pintan; ¿quiere darme otra caña?
—¡ Hum! — prosiguió Don Pedro, — yo lo he visto más de una vez. Sabía venir por acá a hacer la tarde. No ha de ser de arriar con las riendas. El es de San Pedro. Dicen que tuvo en otros tiempos una mala partida con la policía.
Carnearía un ajeno.
—Sí, pero me parece que el ajeno era cristiano.
El tape Burgos quedó impávido mirando su copa. Un gesto de disgusto se arrugaba en su frente angosta de pampa, como si aquella reputación de hombre valiente menoscabara la suya de cuchillero.
Oímos un galope detenerse frente a la pulpería, luego el chistido persistente que usan los paisanos para calmar un caballo, y la silenciosa silueta de Don Segundo Sombra quedó enmarcada en la puerta,
—Giienas tardes — dijo la voz aguda, fácil de reconocer.
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—¿Cómo le va Don Pedro?
—Bien ¿y usté Don Segundo?
— Viviendo sin demasiadas penas graciah'a Dios.
Mientras los hombres se saludaban con las cortesías de uso, miré al recién llegado. No era tan grande en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión de fuerza que manaba de su cuerpo.
El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas. | |
Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simple chanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un “cabo de gúeso”, del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. El chiripá era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello, con las puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo
para contener el pie carnudo.
Cuando lo hube mirado suficientemente, atendí a la conversación. Don Segundo buscaba trabajo y el pulpero le daba datos seguros, pues su continuo trato con gente de campo, hacía que supiera cuanto acontecía en las estancias.
—... €n lo de Galván hay unas yeguas pa domar. Días pasaos estuvo aquí Valerio y me preguntó si conocía algún hombre del oficio que le pudiera recomendar, porque él tenía muchos animales que atender. Yo le hablé del Mosco Pereira, pero si a Vd. le conviene...
—Me está pareciendo que sí.
—Gieno. Yo le avisaré al muchacho que do óN ne todos los días al pueblo a hacer encargos. El sabe pasar por acá.
—Más me gusta que no diga nada. Si puedo iré yo mesmo a la estancia. |
—Arreglao. ¿No quiere servirse de algo?
—Giieno — dijo Don Segundo, sentándose en _ Uúna mesa cercana — eche una sangría y gracias por el convite.
Lo que había que decir estaba dicho. Un silencio tranquilo aquietó el lugar. El tape Burgos se servía una cuarta caña. Sus ojos estaban lacrimosos, su faz impávida. De pronto me dijo,
sin aparente motivo:
—Si yo juera pescador como vos, me gustaría sacar un bagre barroso bien grandote.
Una risa estúpida y falsa subrayó su decir, mientras de reojo miraba a Don Segundo. - - —Parecen malos, — agregó — porque colean y
Capítulo de vista previaA A O O AVista previa
—P'allá — contesté estirando la mano al azar. El inglés me miró con una sonrisa bonachona. —¿Sos bien mandao?
—Sí, señor.
—¿ Usted lo conoce, Goyo?
—Algo, Don Jeremías.
—Muy bien. Después de la siesta dele el petizo Sapo. Que ate el carrito'e pértigo y vaya sacando esa paja'e los pesebres y la eche en los zanjones de la puerta blanca.
— VÍ, señor.
Para ganarle el “lao de las casas” al “mayor”, me acerqué a su caballo, le bajé el recado, dándole vuelta las matras para que se orearan y pregunté a Goyo dónde debía largarlo.
—En aquel potrerito donde está la cebada.
El inglés me miró sonriendo mientras me dirigía a la bebida llevando su caballo.
—¿Con bozal o sin bozal? — pregunté a Goyo.
—Sin bozal.
No puedo decir mi alegría cuando en la mesa ya flanqueada de veinte hombres, tomé lugar entre Goyo y un gringuito viejo que cuidaba la quinta.
—Cocinero — dijo Goyo, — pásele un plato y una cuchara al mensual nuevo.
—¿Mensual nuevo? — rió el muchacho que hoy había hecho burla de mi pedido de cano — ¿Será pa acarriar basuras?
Me dí cuenta de que aquellas palabras, que en otro pudieran haber sido maldad, no eran más que estupidez y aproveché la ocasión, no queriendo
hacer mentir a Goyo, que había prometido bueno
para cuando yo tuviera confianza.
—¿Pa acarriar basuras? — repetí. — Tené cuidado no vaya ser que algún día amanezcás por los zanjones. :
Y como sentí que reían, recordé mis días de popularidad en el pueblo.
—Mala inclinación tenés — continué, mirando el pelo motoso y desordenado de mi interlocutor — si fuera el patrón, te mandaría cortar la porra pa rellenar pecheras.
Una risotada general acogió mi discurso. Cuando se hubo terminado, un hombre de los más vie-.
jos me reconvino con altura:
—Muchas leyes parece que tenés, pero es giúeno no querer volar antes de criar bien las alas. Sos muy cachorro pa miar como los perros grandes.
Una mirada me había bastado para saber quién me hablaba y esa vez agaché la cabeza, diciendo
mansamente, como corresponde cuando se habla con un mayor:
—No crea, señor; también sé respetar.
—Así debe ser — concluyó el viejo, y después de una breve pausa volvió a correr la broma de punta a punta de la mesa.
Toda esa tarde me la pasé acarreando paja de los pesebres a los zanjones, por un trecho de unas diez cuadras. Cuando llegaba al galpón, cargaba el carro el galponero, dejando clavada en la carga la horquilla. En los zanjones esgrimía yo el instrumento, que luego venía matraqueando de una manera ensordecedora sobre las tablas del carro vacío.
La comida me halló medio dormido, pero el Cansancio que me exponía a alguna burla, pasó desapercibido en el silencio general.
En el cuarto de Goyo me acomodaron un catre. No tenía yo colchón ni prenda alguna para arreglarme en el lecho poco amable, pero la fatiga siendo el mejor de los colchones, me eché envuelto en mi poncho sobre la lona desnuda y áspera, sin cuidarme de mimos. Un rato pensé en mi escapada, evoqué la casa de mis tías, sus figuras, mis rezos. El sueño cayó sobre mí, como una parva sobre un chingolo.
Capítulo de vista previaIV.Vista previa
Horacio me despertó bruscamente sacudiéndo-. me por los hombros.
Mi primer pensamiento fué para el día anterior: mi huída, el éxito de mi treta para preceder a. Don Segundo en la estancia de Galván, la recep-' ción de Goyo y la presentación que hizo de mí a. la peonada como mensual nuevo, el incidente de la mesa. |
_Alboreaba y ya, por la pequeña ventana, vi ro-' ciarse de tintes dorados las nubes del naciente, largas y finas como pétalos de mirasol.
Bajé los pies del catre, me levanté con estuer-! zo sobre las piernas blandas como queso, ajusté: mi faja, me rasqué los ojos cuyos párpados sen .
tía más pesados que si los hubieran picado los mangangás, y me encaminé arrastrando las alpargatas hacia la cocina. Tenía frío y el cuerpo cortado de cansancio.
En torno al fogón, casi apagado, concluía de matear la peonada y ligué tres amargos que me despertaron un tanto.
—Vamos — dijo uno, y como si no se hubiese esperado sino aquella voz, nos desparramamos desde la puerta hacia rumbos diferentes.
La primera mirada del sol me encontró barriendo los chiqueros de las ovejas, con una gran hoja de palma. No era muy honroso en verdad, eso de hacer correr las cascarrias por sobre los ladrillos y juntar algunos flecos de lana sarnosa; sin embargo, estaba tan contento como la mañanita. Hacía mi trabajo con esmero, diciéndome que por él era como los hombres mayores. El fresco apuraba mis movimientos. En el cielo deslucíanse los colores volteados por la luz del día.
A las ocho nos llamaron para el almuerzo y mientras, a diente, despedazaba un trozo de churrasco, espié a mis compañeros de quienes todo quería adivinar en los rostros.
El domador, Valerio Lares, era un tape forzudo, callado y risueño; hubiera deseado hacerme
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amigo suyo, pero no quería ser entrometido. Además, nadie hablaba porque el escaso tiempo de que disponíamos, quería ser aprovechado por cada uno en forma más útil.
Concluído el almuerzo, el cocinero me - dijo que quedara a ayudarlo y fueron saliendo todos, hasta dejar vacío el gran aposento cuyo significado parecía resumirse en el fogón, bajo cuya campana tomó lugar la olla, rodeada de pavas como un ñandú por sus charabones.
El cocinero no fué más locuaz que el día de mi llegada, y me pasé la mañana haciendo de pinche, los ojos constantemente atraídos por la 'silenciosa silueta del domador que, vecino a la puerta, cosía unas riendas de cuero crudo.
Debía ser ya cerca de mediodía, cuando oímos unas espuelas rascar los ladrillos de afuera. La voz de Valerio saludó a alguien, invitándolo a que pasara a tomar unos mates. Curiosamente me asomé, viendo al mismo Don Segundo Sombra.
—¿Pasiando? — preguntaba Valerio.
—No, señor. Me dijeron que aquí había unas yeguas pa domar y que usté estaba muy ocupao.
—¿No gusta dentrar a la cocina?
—Giieno.
Los dos hombres se arrimaron al fogón. Don
Segundo dió los buenos días sin parecer reconocerme; ambos tomaron asiento en los pequeños bancos y continuó la conversación con grandes pausas.
—Volviéndose hacia mí, Valerio ordenó con autoridad:
—AÁ ver pues, muchacho, traite un mate y cebale a Don Segundo.
—¿Este?
—No. Ese es de Gualberto que” es medio mañero. Agarrá aquel otro sobre la mesa.
Encantado puse una pava al fuego, activé las brasas y llené el poronguito en la yerbera.
—¿Dulce o amargo?
—Como caiga. y
—Dulce, entonces.
—Giieno. |
Arrimé un banco para mí y, mientras el agua empezaba a hacer gorgoritos, contemplé a Don Segundo con cierto resentimiento, por no haber sido en su saludo un poco menos distraído.
Índice
Dentro de esta edición
- 01Full text
- 02A A O O A
- 03IV.
- 04VII.
- 05/ VIII.
- 06IX.
- 07XI.
- 08XII.
- 09XIII.
- 10XIV.
- 11XVI.
- 12XVIT.
- 13VII.
- 14XIX.
- 15XX.
- 16XXI.
- 17CN OR E A
- 18E E IN E
- 19XXXIII.
- 20XXIV.
- 21XXV.
- 22XXVI.
- 23XXVII.
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