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Literatura
El intruso
Edición BooksWhale en español de Vicente Blasco Ibáñez
El Bilbao industrial reúne conflictos obreros, intereses económicos y poder religioso en una novela sobre las tensiones de la modernización.
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Introducción del libro
El intruso
Vicente Blasco Ibáñez retrata una sociedad transformada por la industria y las migraciones del trabajo. En el entorno de Bilbao, la explotación minera, los negocios y la influencia religiosa atraviesan las relaciones cotidianas. La novela española sigue las fricciones entre creencias, intereses y aspiraciones colectivas, mostrando cómo los cambios económicos alteran la vida de quienes habitan ese mundo.
Edición BooksWhale
Cómo se preparó esta edición
Esta edición se basa en un texto de dominio público y fue preparada por BooksWhale para lectura digital.
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Por qué puede compartirse
Vicente Blasco Ibáñez murió en 1928. La edición se basa en el original español de dominio público disponible en Project Gutenberg; esta base no comprende añadidos editoriales ni ilustraciones posteriores.
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El intruso
Vicente Blasco Ibáñez
Capítulo de vista previaIVista previa
Comenzaba á clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vió fué el rostro de manzana seca, verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado á las sienes.
—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues que vaya.
Comenzó á vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio de hombre solo.
Dos médicos tenía á sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames desde la noche anterior, para curar á varios mineros heridos por una explosión de dinamita.
Kataliñ le ayudó á ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle mientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba, grueso cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas á las minas.
—Oye, Kataliñ—dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes quién es el muerto?
—El Maestrico disen. El que enseñaba por la noche el abesedario á los pinches y era novio de esa que llaman La Charanga. ¡Cómo está Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.
—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen pasional. A estos bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.
Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.
—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le esperan en Bilbao. No haga á su primo una de las suyas.
Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel primo que le había invitado á comer por ser sus días. En todo el distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y poderío, le temían como á una fuerza omnipotente.
El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus zapatos de monte se pegaban al barro; la cachaba iba marcando con su lanza un agujero á cada paso.
La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los chimbos de Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran cariño al médico...
¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores atracados á los muelles de la ría cargando mineral ó descargando hulla, y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer á un hombre rico de la noche á la mañana con sólo desearlo. Hasta los señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia, obligándolo á aislarse, á permanecer invisible, para no perecer bajo el formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fué á aislarse en las minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.
Capítulo de vista previaIIVista previa
Más de seis meses iban transcurridos, sin que el doctor Aresti bajara á Bilbao. Por esto, al pasar del tren de Ortuella al de Portugalete, en la estación de El Desierto, experimentó ante el magnífico panorama de la ría la misma impresión de asombro de los aldeanos que sólo abandonaban sus caseríos ó la anteiglesia de su vecindad, cuando un asunto importante los llamaba á la villa.
El tren dejó atrás los torreones gemelos de los altos hornos de fundición—«los castillos feudales de Sánchez Morueta» según decía el doctor, que pregonaban la gloria industrial de su poderoso primo,—y después de atravesar un túnel, avanzó por la ribera cruzando los descargaderos de mineral. Eran estos á modo de baluartes que, arrancando de la montaña, llegaban hasta la ría, elevados algunos metros sobre el nivel de los campos. Los de las compañías extranjeras eran verdes, con los taludes cubiertos de musgo como los glacis de los fuertes modernos, y las pequeñas locomotoras pasaban sobre ellos ligeras y brillantes como juguetes. Los de las explotaciones del país eran de un rojo antipático, de escombros de mineral, desmoronándose con las lluvias sus pendientes, revelando el espíritu de sus dueños, incapaces de realzar con el más leve adorno los instrumentos de explotación. En la ría, junto á las grúas que funcionaban incesantemente, dormían los vapores, con el casco invisible tras la riba, mostrando por encima de ella las chimeneas y los mástiles. Subían de sus entrañas los grandes tanques de hierro cargados de hulla inglesa y, deslizándose por los rails aéreos, iban á volcar el negro mineral en las enormes montañas de las fábricas. Corrían por las vías de los descargaderos las vagonetas repletas de hierro y al llegar al punto más avanzado inclinábanse como si quisieran arrojarse al agua, soltando en los vientres de los buques su rojo contenido. Las dos riberas de la ría estaban en continua función, vomitando y absorviendo; entregando el mineral de sus montañas y apoderándose del carbón extranjero. Banderas de todas las nacionalidades ondeaban en las popas de los buques; los nombres más exóticos é impronunciables lucían en sus costados, y entre las chimeneas apagadas y negruzcas, erguían los veleros las esbeltas cruces de sus arboladuras, en el espacio azul.
Por un lado del tren, se abarcaba el vertiginoso movimiento de la ría con sus barcos y fábricas: por la ventanilla opuesta, admirábase la paz de los campos, el trabajo cachazudo y tranquilo de los aldeanos, removiendo la tierra arcillosa. Las mujeres, con la falda atrás y las piernas desnudas, sudaban dobladas sobre el surco. Las vacas movían el baboso hocico, sin ninguna inquietud, al ver el tren y volvían de nuevo á rumiar con la cabeza baja sobre el verde del prado. Grupos de mujeres lavaban sus guiñapos casi tendidas al borde de arroyos de líquido rojo, como si fuese sangre. Era el eterno color del agua en los alrededores de Bilbao: los lavados del mineral enrojecían hasta la corriente del Nervión. La industria, al enriquecer al país, corrompía las aguas puras y cristalinas de la época pastoril. El doctor recordaba la miseria de los peones de las minas, que les hacía huir de las fuentes de la montaña, porque sus aguas abren el apetito y facilitan la digestión. Preferían el líquido rojo é impuro de los lavaderos porque, ensuciando su estómago, hacía menos frecuente el hambre.
Avanzaba él tren hacia Bilbao, deteniéndose en las estaciones de la orilla izquierda, Luchana, Zorroza y Olaveaga, pueblos que prolongaban su caserío hasta la ribera opuesta. Por el centro de la ría pasaban pequeños remolcadores tirando de un rosario de gabarras, balandros de cabotaje de las matrículas de la costa, navegando lentamente por miedo á las revueltas; vapores que rompían las aguas con imperceptible movimiento hasta pegarse al descargadero. Y flotando por encima del bosque de chimeneas de ladrillo y de hierro, el eterno dosel de la moderna Bilbao, los velos en que se envuelve como si quisiera ocultar púdicamente su grandeza, los humos multicolores de sus fábricas, negros, de espesos vellones, como rebaños de la noche; blancos, ligeramente dorados por la luz del sol; azules y tenues como la respiración de un hogar campesino; amarillos rabiosos con un chisporroteo de escorias minerales. La blanca vedija, signo de actividad, repetíase por todo el paisaje, como una nota característica del panorama bilbaíno, avanzando por las quebraduras de la montaña donde están las vías férreas del mineral, resbalando por las dos orillas de la ría tras las chimeneas de los trenes de Portugalete y Las Arenas, ondeando sobre el casco de los remolcadores y de las máquinas giratorias de sus grúas.
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