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Literatura

La puchera

Edición BooksWhale en español de José María de Pereda

Un clásico regionalista sobre vida rural, familia, necesidad material y costumbres cántabras.

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Introducción del libro

La puchera

La puchera presenta un mundo rural de trabajos, afectos, pobreza y honor cotidiano. Pereda despliega su arte regionalista en una narración de costumbres, conflictos familiares y paisaje social.

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Esta edición se basa en un texto de dominio público y fue preparada por BooksWhale para lectura digital.

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José María de Pereda murió en 1906, y La puchera se publicó en 1889. Estas fechas respaldan el dominio público de esta edición en español.

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La puchera

José María de Pereda

Capítulo de vista previaI. «RÉ» EN LA ARCILLOSAVista previa

Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar, acaso fuera el río.

Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra. Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que no tiene doce leguas de curso.

¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de la costa. Allí, á golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como franqueado á empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades casi iguales, que vinieron á ser á modo de contrafuertes ó esconzados de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance, fué ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso á través de una sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí un siglo y otro siglo, buscando á tientas al obstáculo las más blandas coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fué tapizando de césped y bordando de malezas.

Atravesada la sierra, el cauce desembocó en un valle, verde y angosto, encajonado entre ondulantes cerros y colinas, que van escalonándose suavemente y creciendo á medida que se alejan hacia la erguida cordillera que recorta el horizonte con su perfil de jorobas y picachos, de Este á Oeste. Las aguas, detenidas un instante al asomar al valle, como para formar allí un remedo de golfo, corrieron hacia la izquierda, lamiendo por aquel lado las faldas del montecillo que las separaba del mar; después retrocedieron súbitamente, describiendo rápida curva sobre la derecha; se deslizaron mansas, tranquilas y en línea recta, á lo largo del valle hasta dar con otro cerro de escarpada ladera; y arrimaditas á él, continuaron corriendo y abriendo cauce tierra adentro, hasta perderse en un laberinto inextricable, cuyos misterios no había penetrado todavía la luz del sol.

Es posible que en aquellas espesuras toparan con el ocioso río dormitando entre sus cañaverales y bajo su espeso dosel de alisos, madreselvas y avellanos bravíos; pero lo que no tiene duda, porque bien á la vista está, es que desde entonces, por el mismo cauce que llenan y desocupan dos veces cada día las salobres aguas, salen al Atlántico mezcladas con ellas las insípidas del río, que ha bajado, creciendo poco á poco con ayuda de vecinos y despeñándose á menudo, desde sus pobres fuentes escondidas en un repliegue sombrío de las montañas del fondo.

Este cauce, en su parte recta y más larga, y en sentido opuesto á la línea de la costa, tiene dos grandes derivaciones ó caños, que arrancan de él, casi verticalmente, como del tronco las ramas principales; y los caños, á su vez, otras ramificaciones que surcan en varios sentidos la ribera hasta el contorno mismo de la tierra firme: de modo que en las pleamares toda la planicie aparece tijereteada y subdividida en islillas verdes, en las cuales pastan los ganados el sabroso liquen que crece entre apiñados haces de finísimos juncos.

De los dos grandes caños que tiene la ría, es el principal, por ancho, largo y navegable, el llamado la Arcillosa

, no sé por qué, pues allí no hay señal de arcilla ni de cosa que se le parezca. El hecho es que se llama así, y que en el pueblo que se desparrama á corta distancia de él, le consideran como su puerto de mar los contados labradores que hacen á pluma y á pelo; quiero decir, que así manejan el dalle y tumban un prado en agosto, como cinglan en la chalana y calan la sereña

Capítulo de vista previaII. EL CONFLICTO DE PEDRO JUANVista previa

Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá aquí veinte libras?

Pedro Juan dijo con la cabeza que no.

—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.

Pedro Juan hizo un signo afirmativo.

—Y de deciséis.

Otra afirmación muda del Josco.

—Y de decisiete.

Nueva afirmación muda del susodicho.

—Y de deciocho.

Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre poco más ó menos.»

—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la llubina que el muble

, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos: bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.

Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que no.»

—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla, y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga los mesmos tesoros del

Pirata

... ¿Metistes la camá de juncos en el cesto?

Pedro Juan respondió que sí.

—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de costumbre.

Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó encima de él la triguera de muy mala gana.

—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.

Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres, que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la caldera.

Índice

Dentro de esta edición

  1. 01Full text
  2. 02I. «RÉ» EN LA ARCILLOSA
  3. 03II. EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN
  4. 04III. ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
  5. 05IV. «ESE HOMBRE»
  6. 06V. CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
  7. 07VI. VARGA ABAJO Y VARGA ARRIBA
  8. 08VII. CUENTAS DE FAMILIA
  9. 09VIII. EL MÉDICO DON ELÍAS
  10. 10IX. LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO
  11. 11X. POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO
  12. 12XI. LAS LUNAS DEL JOSCO
  13. 13XII. EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS
  14. 14XIII. LA OBRA DE MARCONES
  15. 15XIV. EL CURA DE ROBLECES
  16. 16XV. EL PLEITO DEL PROFESOR
  17. 17XVI. EL FALLO DE LA EDUCANDA
  18. 18XVII. EL AGOSTO DEL BERRUGO
  19. 19XVIII. VUELTA AL PLEITO DE MARCONES
  20. 20XIX. EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR
  21. 21XX. QUIÉN ERA ÉL
  22. 22XXI. ARROZ Y GALLO MUERTO
  23. 23XXII. EXAMEN DE CONCIENCIA
  24. 24XXIII. CORRIDA EN PELO
  25. 25XXIV. LEÑA AL FUEGO
  26. 26XXV. ANALES DE TRES SEMANAS
  27. 27XXVI. LA PUCHERA DEL LEBRATO
  28. 28XXVII. LUZ Y TINIEBLAS
  29. 29XXVIII. EN EL FONDO DEL ABISMO
  30. 30XXIX. EL PODER DE UNA IDEA
  31. 31XXX. COSECHA DE TEMPESTADES
  32. 32XXXI. «POR DO MÁS PECADO HABÍA»

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