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Literatura
Lágrimas
Edición BooksWhale en español de Fernán Caballero
A Spanish novel of contemporary customs, family feeling, moral conflict, and the quiet force of personal sacrifice.
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Introducción del libro
Lágrimas
Lágrimas places intimate emotion inside a detailed portrait of nineteenth-century Spanish society. Fernán Caballero combines domestic drama, religious feeling, social observation, and the moral choices of ordinary people.
Edición BooksWhale
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Fernán Caballero died in 1877 and Lágrimas was published in 1862. This edition uses the public-domain Spanish original-language text.
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Lágrimas
Fernán Caballero
Capítulo de vista previaPrólogoVista previa
¿Conque he de escribir un prólogo para Lágrimas?
—Lo que se ofrece se debe.
Es verdad; pero no me siento con fuerzas para hablar de Lágrimas.
—¿No le agrada a Vd. mi novela?
La creo una joya de filigrana y oro, un estudio acabado del corazón, un cuadro admirable de la vida social; lo más bello, lo más perfecto, lo más delicado que ha salido de la pluma de usted.
—Muchas gracias.
¡Qué coincidencia! La colección empieza con La gaviota, y nos presenta la mujer grosera, abandonada a sus instintos, no corregidos por la religión, ni modificados por la sociedad, ni suavizados por la buena educación, y concluye con Lágrimas tipo de la mujer modesta y humilde, nacida para sentir y para llorar... Villamar es el pueblecito que conocen los lectores en el primer tomo, y vuelven a Villamar en el último encontrando aun a muchos de los antiguos amigos que recuerdan al instante, y a quienes saludan con placer.
—Falta el bueno de Stein.
Es cierto; pero allí nos lleva Vd. a la pobre Lágrimas, esa hija de los trópicos, esa violeta que exhala siempre su perfume aunque la pise la más grosera planta. ¿Quién no ha encontrado a su paso por el mundo a esos sujetos que Vd. nos pinta al daguerrotipo? ¿Quién no ha visto al grosero ricachón D. Roque la Piedra, y al avaro quejumbroso D. Jeremías? El buen sentido habla por boca de la Alcaldesa, a D. Perfecto Cívico lo encontramos en cada lugarón, y su hijo ¡ojalá fuese un ente ideal y no abundase tanto en nuestro país!... Lo que sí va escaseando es la finura, la cortesía, el buen tono de la Marquesa de Alocaz y de sus amables tertulianos.
—De modo que Vd. va a escribir el prólogo...
Yo haría mejor un juicio crítico en que demostrase la índole, el carácter, el mérito de sus escritos; en que hiciese ver el raro acierto con que Vd. describe, con que Vd. narra, con que Vd. presenta las personas y las cosas; el fin moral, la sensibilidad, la ternura de su corazón; y sobre todo el gran servicio que está Vd. prestando a la actual sociedad descreída pintando con tan vivos colores los portentos de la fe, las maravillas de la virtud... Pero un prólogo...
—Los han hecho otros buenos amigos...
Los buenos amigos de Vd. se complacen, o mejor dicho, nos complacemos en el buen éxito de sus obras y aplaudimos sus triunfos literarios. ¿Pero necesitaron de estos prólogos para hacerse tan populares en España? ¿Para haber sido traducidas en Francia? Y por cierto que son muy raras las obras que alcanzan este honor, más apreciable puesto que las novelas de Vd., sus cuadros de costumbres tienen un tinte local que se perderá necesariamente en otros países. Yo comprendo las obras de Vd. de otro modo. ¿Quiere Vd. pasar por literato!...
—¡Dios me libre: no señor. ¡Yo literato! "«No soy la rosa; pero, como dice Bulwer, estuve a su lado y me impregné de su olor. No soy erudito, soy solamente culto. En cuanto escribo no hay arte, ni saber, ni estudio, es instintivo: tal vez expreso, como Vd. habrá notado, un pensamiento de culta esfera sin cuidar del lenguaje. Procuro, sí, poetizar la verdad, ennoblecer nuestra pobre naturaleza. Los prólogos son ofrenda de la amistad, engarce de brillantes que rodea un mal retrato»": los agradezco de todo corazón.
Lo creo así, y además son muy bellos. Pero un autor se debe al público, y este no quiere leer lo que nosotros escribimos; quiere leer lo que Vd. escribe. Las novelas de Vd...
Perdone Vd.: yo las llamo novelas, cuadros, relaciones; «pero no me he propuesto escribir novelas. He tratado de dar una idea verdadera, exacta, genuina, de España y de su sociedad; describir la vida interior de nuestro pueblo, sus creencias, sus sentimientos, sus dichos agudos. La parte que podría llamarse novela solo sirve de marco a este vasto cuadro que me he propuesto bosquejar».
Capítulo de vista previaCapítulo IVista previa
OCTUBRE, 1837
Hélas, sur mon froid monument, l'eau du ciel tomb tristement, mais de vos yeux pas une larme.
CASIMIRO DE LAVIGNE.
«Su alma era como el cristal, la empañaba un soplo, la traspasaba un rayo de sol, un choque la hubiese quebrado: almas de ángeles que tienen su mayor mérito en ignorar lo que valen; que no lloran sobre él, sino sobre el dolor, que es herencia común».
EL AUTOR.
«¡Dios! ¡Ten piedad de nosotros!». Tal era el grito que con débil y exhausta voz repetía una infeliz mujer, que yacía moribunda en el ahogado camarote de una fragata, que en el golfo de las Yeguas corría una horrorosa tempestad.
Era de ver cuál el barco, que en el océano parecía lo que un grano de arena en los desiertos de África, era el juguete, de las olas. Ya empujaban su costado y lo doblaban a punto que parecía que rendido en la lucha, caía de una vez para no volver a levantarse; ya le abrían un abismo en que se hundía precipitado por su propio peso; ya pasaban por cima de él olas espumosas, como una garra con blancas uñas que alargase la mar para asir su presa: ya reventaban azotando sus costados, pareciendo decirle en sus bramidos; ¿no eres peña, y resistes? El barco luchaba cediendo, pero sin desmayar, imagen de la perseverancia que padece sin desalentarse... y camina!
Habíanse recogido todas las velas, y los masteleros con sus vergas, y las innumerables cuerdas que de ellos pendían, se alzaban como mujeres, que con el cabello suelto y los brazos abiertos, pidiesen al cielo misericordia. Pasaban y repasaban por éste negras nubes, frunciendo el ceño, respondiendo con truenos al mar, que rugiendo se empinaba como para desafiarlas o arrebatar al cielo sus estrellas. Sobre cubierta se notaba un asombroso fenómeno: el horizonte, que es en el mar la senda, la esperanza, la libertad... había desaparecido. El barco estaba preso entre sombrías murallas de agua de una altura espantosa, que unas a otras se lo arrojaban como un volante.
—¡Dios tenga misericordia de nosotros! —repetía la infeliz— y nadie respondía a esa tenue y angustiada voz. Nadie respondía porque en aquel estrecho camarote solo se hallaba una negra, que con el miedo y las ansias del mareo, se había dejado caer en el suelo, en el que yacía como una masa inerte, y una niña de seis años que dormía acostada a los pies de la cama de su madre.
—¡Jesús! —decía la infeliz—: ¡morir así! Sin un sacerdote que auxilie y anime mi espíritu, que traiga a la muerte como una libertadora amiga bajo sus auspicios... sin un médico que alivie en algo mis padecimientos. ¡Oh! El reo a quien ajustician es más feliz que yo! Hácenle dulces sus últimos pasos a la muerte; arrulla su último sueño una inmensa simpatía! ¡Dios mío! ¡Sola... sola! Ni una mirada de compasión, ni un adiós! ¡Y esta hija mía que va a perecer al lado del cadáver de su madre, en este seguro naufragio! ¡Duerme, ángel mío, duerme!... Tú que no sabes aun lo que es el peligro, la angustia, la orfandad, la agonía, la muerte, ninguno de los horrores de la vida! ¡Madre mía de las Lágrimas, cuyo nombre lleva, salvadla de este naufragio... amparadla en su orfandad!
Espantosa se dejó oír en este momento la voz del trueno; una fuerte sacudida que recibió el barco, hizo crujir sus entrañas, como si hiciese un jadeante esfuerzo para no sucumbir. Silbó la ráfaga entre las cuerdas y jarcias, cual si cada una de estas fuese una serpiente.
—Roque, Roque, —gimió la infeliz—, ¡que me muero!
Índice
Dentro de esta edición
- 01Full text
- 02Prólogo
- 03Capítulo I
- 04Capítulo II
- 05Capítulo III
- 06Capítulo IV
- 07Capítulo V
- 08Capítulo VI
- 09Capítulo VII
- 10Capítulo VIII
- 11Capítulo IX
- 12Capítulo X
- 13Capítulo XI
- 14Capítulo XII
- 15Capítulo XIII
- 16Capítulo XIV
- 17Capítulo XV
- 18Capítulo XVI
- 19Capítulo XVII
- 20Capítulo XVIII
- 21Capítulo XIX
- 22Capítulo XX
- 23Capítulo XXI
- 24Capítulo XXII
- 25Capítulo XXIII
- 26Capítulo XXIV
- 27Capítulo XXV
- 28Capítulo XXVI
- 29Capítulo XXVII
- 30Capítulo XXVIII
- 31Capítulo XXIX
- 32Capítulo XXX
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