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Literatura
Paz en la guerra
Edición BooksWhale en español de Miguel de Unamuno
Una novela histórica española de Unamuno sobre la guerra carlista, la familia, la fe, la memoria y el conflicto nacional.
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Introducción del libro
Paz en la guerra
Paz en la guerra recrea el ambiente de la guerra carlista desde la vida familiar, la experiencia íntima y la memoria colectiva. Miguel de Unamuno combina historia, religión, conflicto político y reflexión moral en una obra clave para lectores de narrativa española, historia moderna y pensamiento literario.
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Miguel de Unamuno murió en 1936, y Paz en la guerra se publicó por primera vez en 1897. Estas fechas respaldan la condición de dominio público de esta edición original en español.
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Paz en la guerra
Miguel de Unamuno
Capítulo de vista previaIVista previa
N una de las llamadas en Bilbao siete calles, núcleo germinal de la villa, había por los años de cuarenta y tantos una tienducha de las que ocupaban medio portal á lo largo, abriéndose por una compuerta colgada del techo, y que á él se enganchaba una vez abierta; una chocolatería llena de moscas, en que se vendía variedad de géneros, una minita que iba haciendo rico á su dueño, al decir de los vecinos. Kra dicho corriente el de que en el fondo de aquellas casas viejas de las siete calles, debajo de los ladrillos tal vez, hubiese saquillos de peluconas, hechas, desde (jue se fundó la villa mercantil, ochavo á ochavo, con una inquebrantable voluntad de ahorro.
A la hora en (jue la calle se animaba, á eso del medio d;a, solíase ver al chocolatero de codos en el mostrador, y en mangas de camisa, (|ue hacían resaltar una carota afeitada, colorada y satisfecha.
Pedro Antonio Iturriondo había nacido con la Cons- titución, el año doce. Fueron sus primeros de aldea, de
lentas horas muertas á la sombra de los castaños y no- g-ales ó al cuidado de la vaca, y cuando de muy joven fué llevado á Bilbao á aprender el manejo del majadero bajo la inspección de un tío materno, era un trabajador serio y tímido. Por haber aprendido su oficio durante aquel dece,nio patriarcal debido á los cien mil hijos de San Luís, el absolutismo simbolizó para él una juventud calmosa, pasada á la penumbra del obrador los días laborables, y en el baile de la campa de Albia los festi- vos. De haber oído hablar á su tío de realistas y consti- tucionales, de apostólicos y masones, de la regencia de Urg-el y del ominoso trienio del 20 al 23 que obligara al pueblo, harto de libertad según el tío. á pedir inquisi- ción y cadenas, sacó Pedro Antonio lo poco que sabía de la nación en que la suerte le puso, y él se dejaba vivir.
En sus primeros años de oficio iba con frecuencia á ver á sus padres, mas lo dfescuidó tan luego como hubo conocido en los bailes domingueros á una buena moza, Josefa Ignacia, expresión de serena calma y dulce ale- gría difusa. Aconsejado por su tío decidió tras una buena rumia hacerla su mujer, é iba el asunto en víspe- ras de arreglo, cuando, muerto Fernando VII, estalló la insurrección carlista, y obedeciendo Pedro Antonio al tío que le hiciera hombre, se unió, á los veintiún años, á los voluntarios realistas que Zabala sublevó en Bilbao, dejando así el majadero para defender con el fusil de chispa su fe amenazada por aquellos constitucionales, hijos legítimos de los afrancesados^ decía el tío, aña- diendo que el pueblo que rechazó las águilas del Impe- rio sabría barrer la cola masónica (jue nos dejaron en casa. Sintió Pedro Antonio al separarse de su novia lo que el que á punto de ir á acostarse a dormir es llamado á trajinar, pero Josefa Ignacia, tragándose las lágrimas, y creyendo en un Dios que da tiempo y lo quita^ fué la
primera en excitarle á que cumpliese lo que era la \'o- luntad de su tío, y la de Dios se<rún los curas, asegurán- dole que le esperaría, aprovechando de paso la espera para hacer sus ahorrillos, y que rezaría por él para (|ue no bien triunfasen los buenos se casaran en paz y en gra- cia de Dios.
¡C(3mo recordaba Pedro Antonio los siete años épi- cos! Era de ojrle narrar^ con voz quebrada al fin, la *■ muerte de don Tomás, que es como siempre llamaba á Zumalacarregui , el caudillo coronado por la muerte. Narraba otras veces el sitio de Bilbao, «de este mismo Bilbao en que vivimos,» ó la noche de Luchana. ó la victoria de Oriamendi, y era, sobre todo, de oirle refe- rir el convenio de Vergara, cuando Maroto y Espartero se abrazaron en medio de los sembrados y entre los viejos ejércitos que pedían á voces una paz tan dulce tras tanto y tan duro guerrear, ¡Cuánto polvo habían tragado !
Capítulo de vista previacantones de sombra, la calle que parecía un túnel cu-Vista previa
bierto por un pedazo de cielo, gris de ordinario, parecía alegrarse al sentir á los chiquillos corriéndola y chillan- do. Ni era triste por dentro, pues sus tiendas ostenta- ban al exterior todo un caleidoscopio de boinas, fajas, elásticos, de vivos colores todo ello, yugos, zapatos, colgado todo el género para que los aldeanos lo tocaran y retocaran. Era una perpetua feria, y los domingos bandadas de campesinos la cruzaban por medio, yendo y viniendo, parándose á contemplar el género, rega-
teándolo, haciendo como que se iban para volver lueg-o íi pagar y tomarlo. P^ntre ellf)s, burlándolos no pocas veces, se crió Tg-nacio.
Tenían los chicuelos su calendario especial de diver- siones, según la estación y época del año, según el tiempo; desde los molinillos que armaban en la corrien- te llovediza del centro de la calle los días de chaparrón, hasta el espectáculo imponente, por la octava del Cor- pus, de contemplar á los trompeteros de la villa, con sus casacas rojas, dar desde los balcones de la Casa Consistorial, al aire del crepúsculo moribundo, sus no- tas larg-as y solemnes.
Kl amig-ote de niñez de Ig-nacio, su inseparable, era Juanito Arana, hijo de don Juan Arana, de la casa Ara- na U."^, un liberalote de tomo y lomo.
Kl fundador de la casa Arana, don José María de Arana, había sido un pobre sastre diligente y no tonto, que con aig'unos ahorrillos sacados á su sudor había traficado en géneros coloniales, pidiendo pecjueñas re- mesas que venían en carga general, ó ag^regadas á los g"randes cargamentos de las casas fuertes del comercio de la villa. Tras de la sastrería había tenido el almacén, y solía dejar la sisa, soplándose los dedos, para despa- char bacalao. Decíase que habiéndosele escapado en cierta ocasión algunos ceros de más al hacer un pedido, hubo de creer en su perdición al encontrarse con todo un bu(|ue de carg-a consignada á él, pues no tenía con que responder al pag-o; mas (|ue halló fiadores, escaseó el género por entonces, encareciendo; lo vendió todo; y (jue esta ganancia inesperada, aumentando sus recursos, y despertándole sobre todo el dormido espíritu de ini- ciativa, le había alentado á empresas más vastas, base de la fortuna de sus hijos. Así explicaban ésta los pere-
zosos y los envidiosos, sin que faltara mala lengua en aseg-urar que el buen señor había acabado afirmando haber sido voluntaria y calculada la equivocación. El caso fué que al morir legó á sus hijos un bonito capital y una firma acreditada, recomendándoles desde el lecho de muerte que no se separasen sinó que continuaran la casa en comandita.
Eran los Aranas dos, don Juan el mayor, el que di- rigía la casa, y don Miguel. Esclavo don Juan del escri- torio, hallábase en él al abrirlo, y hasta que se cerrara no lo dejaba; iba al muelle á ver llegar el barco consig- nado á él, y á presenciar algo de la descarga, y cuando se paseaba entre los géneros del almacén, solían darle accesos de sentimentalismo mercantil, pensando en la vasta extensión de la tierra, y en la infinita variedad de países que aliment.in el comercio.
— El comercio matará á la guerra y á la barbarie! — solía decir.
¡Cuánto pudo gozar cuando por primera vez leyó lo de «comercio de las ideas!» ¡Hasta las ideas sujetas á la ley de la oferta y la demanda! Era progresista tibio con fondo conservador.
Su padre, don José María, no había podido dar á sus hijos una educación brillante, pero harto hiciera por ellos pues que sabían lo referente al negocio, y entre otros conocimientos la lengua francesa, en que se ini- ciaron en los cursos del Consulado.
Índice
Dentro de esta edición
- 01Full text
- 02I
- 03cantones de sombra, la calle que parecía un túnel cu-
- 04partes llovían firmadas por miles de personas, chicos
- 05partida; restringida la prensa, sucedió la clandestina á
- 06- Ó5 -
- 07- (V) -
- 08parte los empleados públicos, habría fueros y no quin-
- 09canto silencioso^ como canto de cuna para la muerte.
- 10II
- 11partimiento, conforme á fuero, entre los fjue han salido
- 12partero ¡Noche buena, noche buena! ¡Qué noche
- 13- I09 —
- 14— III —
- 15canto! ¡Cuántas veces en el monte, sentados en corro,
- 16partes que acudían como zánganos á la colmena; gentes
- 17- Í34 -
- 18— 13Ó —
- 19III
- 20parte en el juego de bolos, hecho con tablones de la
- 21— 2ÜO —
- 2220I —
- 232IO —
- 24canto buscaba emociones vivas. Llevaba al monte el
- 25partir, á quitar á su hijo de la cabeza acjuel disparate.
- 26— 22S —
- 272 DE MAYO
- 28IV
- 29IG
- 30- 25S -
- 31— 2Ó4
- 32actos de contrición, actos que constituían uno de los
- 33V
- 34- 2C)8 —
- 35acto y el rumor del choque de las pasiones intestinas,
- 36- 3Í4 -
- 37parte del ejército del Norte. Desde allí parte de sus
- 38parte de la mañana oyendo misas; vaga por las calles; y
- 39canto épico, íntimo, recogido y silencioso.
- 40quinta -esencia, desinteresadamente; madréporas socia-
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