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Literatura
Ruinas
Edición BooksWhale en español de Rosalía de Castro
La pobreza y la decadencia social ponen a prueba la dignidad de personajes cuyas esperanzas sobreviven entre orgullo y abandono.
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Introducción del libro
Ruinas
Ruinas retrata a personajes cuyas vidas han quedado marcadas por la pobreza, la pérdida de posición y el aislamiento. Rosalía de Castro observa sus vínculos con compasión y atiende tanto a sus debilidades como a su dignidad. El relato cuestiona los valores de una sociedad que mide a las personas por su fortuna y deja al margen a quienes han perdido sus recursos.
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Rosalía de Castro murió en 1885; Ruinas se publicó en 1866.
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Ruinas
Rosalía de Castro
No voy a hablar de las ruinas de Roma, que no he visto, y que quisiera ver, ni de las de Pompeya, o Herculano, con que he soñado muchas veces, vengándose así mi imaginación de la mala suerte, que no me ha permitido contemplarlas realmente.
Pero aunque así no fuera, ¿qué iría yo a decir sobre esos antiguos y majestuosos restos, después que nos los han descrito con el lenguaje de la más bella poesía tantos genios ilustres?
También existen ruinas vivientes, que arrastran en pos de sí un mundo de gloriosos y tristes recuerdos y que aparecen tan aisladas en medio de los hombres nuevos como si bogasen sobre las olas misteriosas de mares desconocidos o habitasen en medio de los yermos de la Tebaida.
Respirando una atmósfera propia que parece rodearles, como una muralla impenetrable a los ojos profanos, habitan un mundo ignorado de todos, y mientras las modernas gentes se ríen de su apariencia carcomida y haraposa, y de aquellos usos ya perdidos que ellas guardan cuidadosamente como un precioso tesoro; mientras las personas sensatas y cuerdas murmuran, sin duda con intención moralizadora, de las rarezas y excentricidades de esos entes que viene a mezclarse entre ellas como una tela sucia entre sus ropas domingueras, esas pobres ruinas vivientes siguen impertubables su marcha por el derrotero de la vida, dejando, aun después que se han extinguido, un eterno recuerdo que, si bien hace asomar comúnmente una sonrisa a los labios, conserva en el fondo algo que conmueve dolorosamente el corazón. Yo voy a hablar de alguna de estas ruinas.
En cierta pequeña, pero hermosísima villa, en la cual desde tiempos antidiluvianos la gentes es de genio; en aquella villa, en donde el que allí vegeta es siempre bautizado con la sangre de su propio martirio, y cuya raza primitiva, a juzgar por su característica y singular audacia, que no hubiera desdeñado para alguno de sus golpes de mano el mismo Napoleón Bonaparte, debe ser diferente, a no dudarlo, del resto de la provincia, allí existían a principios de este siglo varias ruinas vivientes que vagaban por entre aquella atmósfera densa y caliginosa, como astros errantes y perdidos lejos de su órbita.
La primera de estas ruinas era una anciana y solterona señora, rama caída de una casa ilustre a quien las adversidades y la mudanza de los tiempos habían dejado únicamente el recuerdo de sus glorias, sus piedras de armas y las pocas fanegas de tierra que pueden constituir apenas un vínculo mezquino.
Percibía la noble dama por los alimentos que la correspondían cuarenta y un reales al mes, una taza de manteca al año, una gallina y un ferrado de lentejas. Ella hubiera podido vivir cómodamente al lado de su hermano mayor, heredero principal, que tenía un buen sueldo por el Ejército, y que le ofrecía con una bondad y cariño paternales un lugar preferente en su casa. Pero la noble señora profesaba ciertas ideas de independencia individual que nadie hubiera podido modificar, y que, en honor de la verdad, conceptuaba amenazadas al lado de una cuñada y varios sobrinos, por lo cual rehusó heroicamente, aunque cariñosa y agradecida, la hospitalidad con que se le brindaba, prefiriendo su taza de manteca, su gallina, sus cuarenta y un reales al mes y su ferrado de lentejas.
De este modo, sola y a sus anchas, vivía en amable concordia con un enorme gato verdaderamente aristocrático, gordo, inteligente, pulido, de pelo brillante, de grandes ojazos amarillos, de larga cola y que se llamaba Florindo.
Gato alguno se ha visto jamás bautizado con un nombre más armonioso; pero el buen Florindo merecía ser de este modo distinguido, porque, según cuentan las crónicas, era una verdadera maravilla en su especie; era todo lo que se dice un gracioso gato que quería mucho a su dueña, y hasta le hacía mimos cuando aquélla le daba chulas, o sea, huevo frito, a lo que era muy aficionado, aun cuando, a decir verdad, le agradaba más una sardina fresca y sin otro adobo que el que había traído del mar. No era, pues, de extrañar que la noble dama prefiriese aquel amigo fiel a toda otra compañía.
Capítulo de vista previaPart 2Vista previa
El efecto que su presencia causaba en las jóvenes con todo aquel aparato de dorado, tieso y transparente, puede suponerlo el lector. Montenegro era para ellas la figura más cómica y risible del universo. Pero no podían nunca desecharle formalmente ni enfadarse con él, porque, pese a su estiradísima, flaca y rubia figura, no era nunca importuno ni pedía más de lo que buenamente querían darle. Y si alguna vez se atrevía a propasarse en algo de su acostumbrado comedimiento, era de una manera tan delicada y modesta, que las jóvenes se veían precisadas a condescender con él y estimarle, aun cuando no pudiesen hacer lo mismo con sus encorvadas narices y su pobre traje raído.
A pesar de esto, se dirigía siempre a las más hermosas y gallardas cuando quería bailar, aunque acontecía que las gallardas y hermosas no gustaban de su amable persona para esos lances, aduciendo como disculpa, con la franqueza que presta la confianza, que no seguía bien el compás.
Él comprendía muy bien que no era en el compás donde se encontraba el mal, sino en su pobreza y mal atavío; pero lejos de enojarse por esto, al acabar de recibir tales desaires que ellas procuraban endulzar con una sonrisa o un apretón de manos, echaba una filosófica mirada sobre su traje y decía para su coleto:
«Las entiendo, ¡picaronas!, y tienen razón, en parte, las pobrecillas; pero cuando ande elegante, cómo les encantará mi dorada barba y cuánto danzaré con ellas».
Porque es de advertir que Montenegro se ocupaba mucho de su persona y se esforzaba en creerse buen mozo, sin que por esto fuese vano, pues quería consolarse de su desgracia con las mujeres culpando a su malhadada fortuna y malísimo atavío, en lo cual no le faltaba razón, pues aparte de sus narices y su extremada delgadez tenía toda la apostura y bizarría de un elegante caballero. Si se ocupaba tanto de sí era precisamente porque quería ocultarse a sí mismo la apariencia miserable que tanto contrariaba sus instintos de lujo y de gran señor para que había nacido, pues, a poseer los bienes que le habían sido usurpados, Montenegro no hubiera pensado jamás, a buen seguro, ni en su levita, ni en sus botas, con las que tanto cuidado tenía.
De este modo se iba deslizando en la miseria la existencia del pobre hidalgo, mientras su infeliz madre tenía que hilar o hacer calcetas para mantenerlo y hacía las labores de una criada yendo a la fuente, al río, e ingeniándose de manera que ni ella ni su primogénito pudiesen morirse de hambre.
Montenegro, que tenía el mejor corazón del mundo y que amaba a su madre entrañablemente, sentía la mala y trabajosa vida a que su suerte la tenía reducida; pero nadie había podido obligarle, a pesar de esto, a que escribiese en una oficina o se hiciese pasante de procurador.
-¡Nunca! -exclamaba con aire digno-. Cada uno ha nacido para lo que ha nacido, y aun cuando para mí todos los hombres son iguales, no soy del mismo parecer respecto de su posición social, y como no encuentro propio de un noble primogénito ser escribiente, no lo seré jamás.
Su anciana madre, aunque imbuida también en aquellas ideas de hidalguía, solía oponerle alguna vez que, no tratándose de una cosa degradante o deshonrosa, todo era menos que dejarse morir en la indigencia, lo cual hasta podía llegar a ser un pecado delante de Dios. Mas él, irguiéndose tan alto como podía, y revistiéndose de toda la dignidad que le era propia, decía entonces:
Capítulo de vista previaPart 3Vista previa
DOÑA ISABEL.- Pero ¿usted no comprende que los hombres no han nacido todos con unas mismas inclinaciones? He aquí que a mí me critican porque gasto tupé, mientras las pobres mujeres del día se creen muy bellas con sus peinados aplastados sobre la frente, cuando parecen monas... ¡Válgame Dios! Pero yo sigo en mis trece, y no me enojo al ver esas infelices, víctimas del mal gusto de una moda plebeya, si así puede decirse; únicamente las compadezco, porque ésta, don Braulio, es la venganza de las almas nobles; así compadezca usted también a los avaros.
DON BRAULIO.- ¡Si no fueran tantos!
EL HIDALGO.- Compadézcalos usted, que también yo compadezco muchas veces a mis usurpadores, cosa que ellos, ¡desgraciados!, no saben hacer conmigo; pero en algo habíamos de diferenciarnos. Y esto, todo el mundo lo comprende. La distancia que media entre nosotros es inmensa, ¿no es verdad, don Braulio? Por doquiera que yo vaya, ¿no se comprenderá que, pese a la suerte, soy un noble caballero? ¿Qué dicen por ahí de mí? ¿Qué han de decir, mi amigo? Que los pobres son pobres, y los ricos, ricos. En vez de compadecer a sus usurpadores debe usted procurar derrotarlos, y este método surtirá muy buen efecto. Yo sólo compadezco a los pobres y a los desgraciados.
Tal era, comúnmente, el círculo vicioso en que giraba la conversación de los tres amigos, y que la anciana sabía salpicar muchas veces de chistes y ocurrencias que siempre tenían por objeto satirizar el poquísimo tono y la descocada gracia de las damas del día.
Por lo demás, cuando en su presencia se hablaba de alguno de sus preferidos amigos, jamás dejaba de defenderlos con toda la energía de su carácter, que no era poca. Si se trataba de Montenegro, solía decir con saña, en presencia de muchas gentes quisquillosas, que, pobre como era el hidalgo, valía infinitamente más que algunos que se llamaba tales, y cuya noble progenie no tenía siquiera el tiempo de un muchacho cuando echa los últimos dientes. Montenegro correspondía a esta apología de que se creía digno asegurando que la anciana debía haber sido la mujer más bella y donairosa de su tiempo, la más fina y de talento más aventajado, y que aún en el día conservaba parte de sus encantos, venciendo a las bellezas modernas. Y la antigua dama tampoco dejaba de encontrar parecido en este retrato, si bien perdonaba en él algunas faltas de detalle, comprendiendo que los años habían borrado los más preciosos, no pudiendo ya ver de ellas el joven Montenegro más que una débil sombra; él no tenía la culpa.
Respecto al comerciante, ni doña Isabel ni Montenegro, en su calidad de aristócratas, podían elevarle al rango de los más nobles caballeros, porque al fin no había sido más que un comerciante; pero, en cambio, aseguraban ambos, doquiera se encontrasen, que don Braulio, entre los hombres de su especie, no lo había más honrado ni más bondadoso en el mundo; que su generosidad se asemejaba a la de los más grandes señores; su caridad, a la de los santos patriarcas, y que su filosofía, en fin, era mayor que la de muchos sabios.
¿Diremos que don Braulio era indiferente a todas estas alabanzas que franca y sinceramente le prodigaban sus únicos y buenos amigos? No nos atrevemos a tanto, pero sí añadiremos que jamás se había parado, con conocimiento de su razón, en cosas de nobleza ni otras vanidades. Daba buenamente a Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César, y a cada hijo de vecino lo que le parecía de su deber, sin cuidarse de sí mismo, de quien, sin que se diese cuenta de ello, se hallaba completamente satisfecho.
Índice
Dentro de esta edición
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