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Literatura
Sonata de primavera
Edición BooksWhale en español de Ramón del Valle-Inclán
Una prosa modernista española de elegancia, deseo, memoria aristocrática y estilo decadente.
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Introducción del libro
Sonata de primavera
Sonata de primavera forma parte de las memorias literarias del marqués de Bradomín y despliega el estilo musical, sensual y refinado de Valle-Inclán. Esta edición española original es ideal para lectores de modernismo, prosa poética, literatura decadente y narrativa española de comienzos del siglo XX.
Edición BooksWhale
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Esta edición se basa en un texto de dominio público y fue preparada por BooksWhale para lectura digital.
Base de dominio público
Por qué puede compartirse
Ramón del Valle-Inclán murió en 1936, y Sonata de primavera se publicó por primera vez en 1904. Estas fechas respaldan la condición de dominio público de esta edición original en español.
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Capítulo de vista previaPart 1Leer vista previa
Sonata de primavera
Ramón del Valle-Inclán
Anochecía cuando la silla de posta traspuso la Puerta Salaria
y comenzamos a cruzar la campiña llena de misterio y de rumores
lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con
sus acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa
ondulación de los senos femeninos. La silla de posta caminaba por
una vieja calzada: Las mulas del tiro sacudían pesadamente las
colleras, y el golpe alegre y desigual de los cascabeles
despertaba un eco en los floridos olivares. Antiguos sepulcros
orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer sobre ellos
su sombra venerable. La silla de posta seguía siempre la vieja
calzada, y mis ojos fatigados de mirar en la noche, se cerraban
con sueño. Al fin quedéme dormido, y no desperté hasta cerca del
amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se desvanecía en el
cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud y el frío
de la noche, comencé a oír el canto de madrugueros gallos, y el
murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el
sol. A lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.
Entramos por la Puerta Lorenciana. La silla de posta
caminaba lentamente, y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco
burlón, casi sacrílego, en las calles desiertas donde crecía la
yerba. Tres viejas, que parecían tres sombras esperaban
acurrucadas a la puerta de una iglesia todavía cerrada, pero
otras campanas distantes ya tocaban a la misa de alba. La silla
de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de
conventos, una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los
aleros sombríos revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la
calle el farol de una hornacina agonizaba. El tardo paso de las
mulas me dejó vislumbrar una Madona: Sostenía al Niño en el
regazo, y el Niño, riente y desnudo, tendía los brazos para
alcanzar un pez que los dedos virginales de la madre le mostraban
en alto, como en un juego cándido y celeste. La silla de posta
se detuvo. Estábamos a las puertas del Colegio Clementino.
Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el
Colegio Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros
y sus rentas. Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se
le llamaba noble archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo
desde hacía muchos años un ilustre prelado: Monseñor Estefano
Gaetani, obispo de Betulia, de la familia de los Príncipes
Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas virtudes y de
ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su Santidad
había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la línea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo de Bibiena que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta Simoneta la Cortticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del Caballero de Seingalt.
Dos bedeles con sotana y birreta paseábanse en el claustro. Eran
viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron a mi encuentro:
-¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia!
Me detuve, mirándoles alternativamente:
-¿Qué ocurre?
Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó:
-Nuestro sabio rector...
Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó:
-¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia...! Nuestro amantísimo
padre, nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte.
Ayer sufrió un accidente hallándose en casa de su hermana. . .
Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, ratificó
Capítulo de vista previaPart 2Vista previa
Gaetani, halléme con un viejo y ceremonioso mayordomo que me
esperaba en la puerta.
-Excelencia, mi Señora la Princesa me envía para
que os muestre vuestras habitaciones.
Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante,
no sé decir qué vago aroma primaveral traía a mi alma el recuerdo
de las cinco hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de
vivir en el Palacio Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para
negarme:
-Decid a vuestra Señora la Princesa Gaetani toda mi gratitud, y
que me hospedo en el Colegio Clementino.
El mayordomo pareció consternado:
-Excelencia, creedme que la causáis una gran contrariedad. En
fin, si os negáis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaréis
esperar algunos momentos. Está terminando de oír misa.
Yo hice un gesto de resignación:
-No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este palacio,
con sus cinco doncellas encantadas, a los graves teólogos del
Colegio Clementino.
El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio.
Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas
vacilaciones, terminó indicándome el camino, acompañando la
acción tan sólo con una sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo
rasurado, vestido con largo levitón eclesiástico que casi le
rozaba los zapatos ornados con hebillas de plata. Se llamaba
Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer ruido, y a
cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de
misterio:
-Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida...
Y después de algunos pasos:
-Yo tengo ofrecida una novena a la Santa Madona.
Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina:
-No estaba obligado a menos. Monseñor me había prometido
llevarme a Roma.
Y volvió a continuar la marcha:
-¡No lo quiso Dios...! ¡No lo quiso Dios...!
De esta suerte atravesamos la antecámara, un salón casi oscuro
y una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo palpándose
las faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada:
-¡Válgame Dios...! He perdido mis llaves...
Todavía continuó registrándose. Al cabo dio con ellas, abrió y
apartóse dejándome paso:
-La Señora Princesa desea que dispongáis del salón, de la
biblioteca y de esta cámara.
Yo entré. Aquella estancia me pareció en todo semejante a
la cámara en que agonizaba Monseñor Gaetani. También era honda
y silenciosa, con antiguos cortinajes de damasco carmesí. Arrojé
sobre un sillón mi manto de guardia noble, y me volví mirando los
cuadros que colgaban de los muros. Eran antiguos lienzos de la
escuela florentina, que representaban escenas bíblicas -Moisés
salvado de las aguas, Susana y los ancianos, Judith con
la cabeza de Holofernes-. Para que pudiese verlos mejor, el
mayordomo corrió de un lado al otro levantando todos los
cortinajes de las ventanas. Después me dejó contemplarlos en
silencio: Andaba detrás de mí como una sombra, sin dejar caer de
los labios la sonrisa, una vaga sonrisa doctoral. Cuando juzgó
que los había mirado a todo sabor y talante, acercóse en la punta
de los pies y dejó oír su voz cascada, más amable y misteriosa
que nunca:
-¿Qué os parece? Son todos de la misma mano... ¡Y qué mano...!
Yo le interrumpí:
-¿Sin duda, Andrea del Sarto?
El Señor Polonio adquirió un continente grave, casi solemne:
-Atribuidos a Rafael.
Me volví a dirigirles una nueva ojeada, y el Señor Polonio
continuó:
-Reparad que tan sólo digo atribuidos. En mi humilde parecer
valen más que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino!
-¿Quién es el Divino?
El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado:
-¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino
Capítulo de vista previaPart 3Vista previa
dominarme estreché una mano de María Rosario y quise besarla,
pero ella la retiró con vivo enojo:
-¿Qué hacéis?
-¡Que os adoro! ¡Que os adoro!
Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí:
-¡Os adoro! ¡Os adoro!
Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como
la de una estatua y exhalaba no sé qué aroma de flor y de
doncella.
-¡Os adoro! ¡Os adoro! Ella suspiró con angustia:
-¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme!
Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor.
Sin aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo
todavía murmuré a su oído:
-¡Os adoro! ¡Os adoro!
María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré
detrás atusándome el mostacho. María Rosario se detuv o bajo la
lámpara y me miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto:
Luego quedó pálida, pálida como la muerte. y vacilando, se acercó
a sus hermanas, y tomó asiento entre ellas, que se inclinaron en
sus sillas para interrogarla: Apenas respondía. Se hablaban en
voz baja con tímida mesura, y en los momentos de silencio oíase
el péndulo de un reloj. Poco a poco había ido menguando la
tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los cabellos
blancos y los vestidos de gro negro. Y a cerca de media noche la
Princesa consintió en retirarse a descansar, pero sus hijas
continuaron en el salón y velando hasta el día, acompañadas por
las dos señoras que contaban historias de su juventud: Recuerdos
de antiguas modas femeninas y de las guerras de Bonaparte. Yo
escuchaba distraído, y desde el fondo de un sillón, oculto en la
sombra, contemplaba a María Rosario: Parecía sumida en un
ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía
anhelante, como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos
inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla, yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego sagrado y aromaban como gomas de Arabia.
¡Han pasado muchos años y todavía el recuerdo me hace suspirar!
Ya cerca del amanecer me retiré a la biblioteca. Era forzoso
escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas
horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura
se despertaban tocando a muerto, y prestes y arciprestes con rezo
latino encomendaban a Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.
En mi carta, dile a Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy
extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos
con las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el
pliego para que sin pérdida de momento un correo lo llevase a
Roma. Hecho esto me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin
intervalo se sucedían las misas desde antes de rayar el sol.
Primero habían celebrado los familiares que velaran el cadáver
de Monseñor Gaetani, después los capellanes de la casa, y luego
algún obeso colegial mayor que llegaba apresurado yjadeante. La
Princesa había mandado franquear las puertas del Palacio, y a lo
largo de los corredores sentíase el sordo murmullo del pueblo que
entraba a visitar el cadáver. Los criados vigilaban en las
antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo
y su roquete blanco, metiéndose a empujones por entre los devotos.
Al entrar en el oratorio, mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario, y cercano a ella tuve la suerte de oír misa. Recibida la
bendición, me adelanté a saludarla. Ella me respondió temblando:
También mi corazón temblaba, pero los ojos de María Rosario no
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