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Littérature
Cuentos valencianos
Édition BooksWhale en espagnol par Vicente Blasco Ibáñez
La costa y el campo valencianos reúnen historias de trabajo, deseo y violencia atravesadas por la pobreza y las costumbres locales.
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Cuentos valencianos
Vicente Blasco Ibáñez recorre en estos cuentos la vida de pescadores, campesinos, familias y amantes del entorno valenciano. El paisaje participa en los conflictos y en las formas de ganarse la vida. La atención a las costumbres y al habla popular acompaña relatos sobre el honor, la pobreza y las pasiones, mostrando cómo las condiciones sociales influyen en las decisiones de sus personajes.
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Vicente Blasco Ibáñez murió en 1928; Cuentos valencianos se publicó en 1896.
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Cuentos valencianos
Vicente Blasco Ibáñez
Chapitre d'aperçuDimòni — IAperçu
Desde Cullera a Sagunto, en toda la valenciana vega no había pueblo ni poblado donde no fuese conocido.
Apenas su dulzaina sonaba en la plaza, los muchachos corrían desalados, las comadres llamábanse unas a otras con ademán gozoso y los hombres abandonaban la taberna.
—¡Dimòni! ¡Ya está ahí Dimòni!
Y él, con los carrillos hinchados, la mirada vaga perdida en lo alto y soplando sin cesar en la picuda dulzaina, acogía la rústica ovación con la indiferencia de un ídolo.
Era popular y compartía la general admiración con aquella dulzaina vieja, resquebrajada, la eterna compañera de sus correrías, la que, cuando no rodaba en los pajares o bajo las mesas de las tabernas, aparecía siempre cruzada bajo el sobaco, como si fuera un nuevo miembro creado por la Naturaleza en un acceso de filarmonía.
Las mujeres, que se burlaban de aquel insigne perdido, habían hecho un descubrimiento: Dimòni era guapo. Alto, fornido, con la cabeza esférica, la frente elevada, el cabello al rape y la nariz de curva audaz, tenía en su aspecto reposado y majestuoso algo que recordaba al patricio romano, pero no de aquellos que en el período de austeridad vivían a la espartana y se robustecían en el Campo de Marte, sino de los otros, de aquellos de la decadencia, que en las orgías imperiales afeaban la hermosura de raza colorando su nariz con el bermellón del vino y deformando su perfil con la colgante sotabarba de la glotonería.
Dimòni era un borracho. Los privilegios de su dulzaina, que por lo maravillosos le habían valido el apodo, no llamaban tanto la atención como las asombrosas borracheras que pillaba en las grandes fiestas.
Su fama de músico le hacía ser llamado por los clavarios de todos los pueblos, y veíasele llegar carretera abajo siempre erguido y silencioso, con la dulzaina en el sobaco, llevando al lado, como gozquecillo obediente, al tamborilero, algún pillete recogido en los caminos, con el cogote pelado por los tremendos pellizcos que al descuido le largaba el maestro cuando no redoblaba sobre el parche con brío, y que si cansado de aquella vida nómada abandonaba al amo, era después de haberse hecho tan borracho como él.
No había en toda la provincia dulzainero como Dimòni; pero buenas angustias les costaba a los clavarios el gusto de que tocase en sus fiestas. Tenían que vigilarlo desde que entraba en el pueblo, amenazarle con un garrote para que no entrase en la taberna hasta terminada la procesión, o muchas veces, por un exceso de condescendencia, acompañarle dentro de aquella para detener su brazo cada vez que lo tendía hacia el porrón. Aun así resultaban inútiles tantas precauciones, pues más de una vez, marchando grave y erguido, aunque con paso tardo, ante el estandarte de la cofradía, escandalizaba a los fieles rompiendo a tocar la Marcha Real frente al ramo de olivo de la taberna, y entonando después el melancólico De profundis cuando la peana del santo patrono volvía a entrar en la iglesia.
Y estas distracciones de bohemio incorregible, estas impiedades de borracho, alegraban a la gente. La chiquillería pululaba en torno de él, dando cabriolas al compás de la dulzaina y aclamando a Dimòni; y los solteros del pueblo se reían de la gravedad con que marchaba delante de la cruz parroquial y le enseñaban de lejos un vaso de vino, invitación a la que contestaba con un guiño malicioso, como si dijera: «Guardadlo para después».
Ese después era la felicidad de Dimòni, pues representaba el momento en que, terminada la fiesta y libre de la vigilancia de los clavarios, entraba en posesión de su libertad en plena taberna.
Chapitre d'aperçuIIAperçu
Nadie supo cómo fue el encuentro; pero era forzoso que ocurriera, y ocurrió. Dimòni y La Borracha se juntaron y se confundieron.
Siguiendo su curso por el cielo de la borrachera, rozáronse para marchar siempre unidos el astro rojizo de color de vino y aquella estrella errante, lívida como la luz del alcohol.
La fraternidad de borrachos acabó en amor, y fuéronse a sus dominios de Benicófar a ocultar su felicidad en aquella casucha vieja, donde por las noches, tendidos en el suelo del mismo cuarto donde había nacido Dimòni, veían las estrellas que parpadeaban maliciosamente a través de los grandes boquetes del tejado, adornados con largas cabelleras de inquietas plantas. Aquella casa era una muela vieja y cariada que se caía en pedazos. Las noches de tempestad tenían que huir como si estuvieran a campo raso, perseguidos por la lluvia, de habitación en habitación, hasta que por fin encontraban en el abandonado establo un rinconcito donde entre polvo y telarañas florecía su extravagante primavera de amor.
¡Casarse!... ¿para qué? ¡Valiente cosa les importaba lo que dijera la gente! Para ellos no se habían fabricado las leyes ni los convencionalismos sociales. Les bastaba el amarse mucho, tener un mendrugo de pan a mediodía, y sobre todo algún crédito en la taberna.
Dimòni mostrábase absorto, como si ante su vista se hubiese abierto ignorada puerta mostrándole una felicidad tan inmensa como desconocida. Desde la niñez, el vino y la dulzaina habían absorbido todas sus pasiones; y ahora, a los veintiocho años, perdía su pudor de borracho insensible, y como uno de aquellos cirios de fina cera que llameaban en las procesiones, derretíase en brazos de La Borracha, sabandija escuálida, fea, miserable, ennegrecida por el fuego alcohólico que ardía en su interior, apasionada hasta vibrar como una cuerda tirante, y que a él le parecía el prototipo de la belleza.
Su felicidad era tan grande, que se desbordaba fuera de la casucha. Acariciábanse en medio de las calles con el impudor inocente de una pareja canina, y muchas veces, camino de los pueblos donde se celebraba fiesta, huían a campo traviesa, sorprendidos en lo mejor de su pasión por los gritos de los carreteros, que celebraban con risotadas el descubrimiento. El vino y el amor engordaban a Dimòni; echaba panza, iba de ropa más bien cuidado que nunca y sentíase tranquilo y satisfecho al lado de La Borracha, aquella mujer cada vez más seca y negruzca que, pensando únicamente en cuidarle, no se ocupaba en remendar las sucias faldillas que se escurrían de sus hundidas caderas.
No le abandonaba. Un buen mozo como él estaba expuesto a peligros; y no satisfecha con acompañarle en sus viajes de artista, marchaba a su lado al frente de la procesión, sin miedo a los cohetes y mirando con cierta hostilidad a todas las mujeres.
Cuando La Borracha quedó embarazada, la gente se moría de risa, comprometiéndose con ello la solemnidad de las procesiones.
En medio él, erguido, con expresión triunfante, con la dulzaina hacia arriba como si fuese una descomunal nariz que olía al cielo; a un lado el pillete, haciendo sonar el tamboril, y al opuesto La Borracha, exhibiendo con satisfacción, como un segundo tambor, aquel vientre que se hinchaba cual globo próximo a estallar, que la hacía ir con paso tardo y vacilante y que en su insolente redondez subía escandalosamente el delantero de la falda, dejando al descubierto los hinchados pies bailoteando en viejos zapatos y aquellas piernas negras, secas y sucias como los palillos que movía el tamborilero.
Aquello era un escándalo, una profanación, y los curas de los pueblos sermoneaban al dulzainero:
Table des matières
Dans cette édition
- 01Full text
- 02Dimòni — I
- 03II
- 04III
- 05¡Cosas de hombres!...
- 06La cencerrada — I
- 07II
- 08III
- 09IV
- 10La apuesta del esparrelló
- 11La caperuza
- 12Noche de bodas — I
- 13II
- 14III
- 15IV
- 16La corrección
- 17Guapeza valenciana — I
- 18II
- 19III
- 20El femater — I
- 21II
- 22III
- 23En la puerta del cielo
- 24El establo de Eva
- 25La tumba de Alí-Bellús
- 26El dragón del Patriarca
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