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De tal palo, tal astilla

Édition BooksWhale en espagnol par José María de Pereda

Una novela de tesis sobre herencia, religión, carácter familiar y conflicto moral.

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Introduction du livre

De tal palo, tal astilla

De tal palo, tal astilla desarrolla una historia de familia, educación y convicciones, con la mirada regionalista y moral de José María de Pereda. La novela examina cómo las ideas, los hábitos y la herencia espiritual moldean el destino de los personajes.

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José María de Pereda murió en 1906, y De tal palo, tal astilla se publicó en 1880. Estas fechas respaldan el dominio público de esta edición en español.

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De tal palo, tal astilla

José María de Pereda

Chapitre d'aperçuI. PatetaAperçu

Si no fuera por ese privilegio maravilloso y descomunal que se ha otorgado a los novelistas para describir lo más recóndito, leer lo que aún no está escrito, y hasta hablar de lo que no entiendes una jota, apuradillo me viera yo en este instante para describir el lugar de la escena con que doy comienzo a la presente historia. Tan oscura es la noche, tan deshecha la tempestad, tan profunda y angosta la hoz en cuyo esófago mismo hemos de penetrar para ver lo que allí pasa.

Cierto que, siguiendo los procedimientos de muy acreditadas escuelas, alguien en mi caso intentara un esfuerzo de inducción, aplicando ora el oído, ora las narices, ora las manos, allí donde los ojos son inútiles por la intensidad de las tinieblas; y anotando este rumor y aquel estruendo, cierto tufillo de sótano o de ortigas o de musgo, tal cual aroma de poleos y zarzamora, y haciendo con todo este acopio una discreta y erudita excursión por los campos de la geología, de la química orgánica, de la física experimental y hasta por la Ley de aprovechamiento de aguas, llegara a darnos, no ya las partes componentes del misterio, sino su panorama en realce, con su flora y su fauna correspondientes. Yo admiro tan ingeniosa sapiencia; pero sin rubor declaro que no la poseo, y que, por ende, no intento salir del apuro valiéndome de tales procedimientos. Lo mismo fuera meterme con los ojos cerrados entre el fragor de un terremoto.

Novelista, aunque indigno, al privilegio me agarro, y amparado con él, allá va en cuatro palabras la descripción del cuadro, como si viéndole estuviera a la luz del mediodía.

Presupuesto que el lector sabe lo que es una hoz, repítole que la de mi cuento es muy angosta, lo que es causa de que el río tenga poco espacio en que detenerse, y de que se estire y se retuerza en su afán de salir cuanto antes a terreno despejado. Álzanse los dos taludes de las montañas casi a pico; circunstancia que no les impide estar bien revestidos de césped y jarales, muy poblados de robles, alisos y abedules ¡y es de ver cómo estos árboles se agarran a las laderas para tenerse derechos, y alargan sus copas a porfía para recoger al paso los pocos rayos de sol que se atreven a colarse por aquella rendija!

El áspero graznido de la ronzuella; el grito lamentoso del cárabo solitario; el susurro de la brisa entre el follaje, y el sordo murmurar del río oculto en las asperezas de su cauce, son de ordinario los únicos ruidos de aquella soledad melancólica y bravía. Los caminantes que la atraviesan a lo largo, oyen el son de sus cantares repercutido en los repliegues de los taludes; y hasta un suspiro halla en ocasiones eco misterioso que le repita y le propague. Nada más tranquilo que aquella naturaleza lóbrega y meditabunda. ¡La calma de los volcanes!

Juzgue el lector si la comparación viene a pelo, acercándose conmigo a la embocadura de la barraca en la noche en que comienza este verídico relato.

El río, impetuoso y embravecido por la lluvia torrencial que cae hace dos horas, no cabe en su estrecho cauce, y muge impetuoso, y salta y se despeña, y se lleva por delante árboles y terrezos, con sus aguas desbordadas, que garras parecen con que trata de asirse a lo que encuentra al paso, asustado de su vertiginosa rapidez. En tanto, el huracán, oprimido entre los muros de tan estrecha y retorcida cárcel, silba y brama haciendo a ratos enmudecer al río; y troncos poderosos, y débiles arbustos, y rastreros matorrales se inclinan a su paso, dejando oír sobre sus copas desgreñadas, al herirlas el pedrisco, el estridente machaqueo de una lluvia de perdigones sobre láminas de acero. Por imposible se tuviera que sobre esos ruidos juntos llegara a descollar otro más fuerte; y, sin embargo, cosa de juego parecen cuando, muy de continuo, retumba el estallido del trueno y crece y se multiplica de cueva en cueva y de peñasco en peñasco. Entonces, al iluminar los relámpagos el temeroso paisaje, los robustos árboles adquieren formas monstruosas. Diríase, al verlos tocar el suelo con sus ramas, y enderezarse luego entre los cien caprichos de la sombra, que son gigantes empeñados en cruenta batalla, y que, en grupos desordenados y tumultuosos, riñen y se abofetean, se insultan y se enardecen con la tremenda voz de la tempestad deshecha.

Chapitre d'aperçuII. La comisión del doctorAperçu

El cuadro que alumbró la luz que introdujo en la alcoba don Lesmes era poco risueño. He aquí sus figuras y principales accesorios: un lecho revuelto, y en él un cuerpo humano devorado por la fiebre. El cuerpo era de mujer, y de mujer de hermosas facciones, aunque a la sazón alteradas por el fuego de la calentura. Tenía la cabeza en escorzo, con la boca en lo más alto de él; y el óvalo gracioso de la cara recortábase en un fondo de enmarañadas guedejas de cabellos grises, desparramados sobre la almohada. Jadeaba la enferma; y las ropas del lecho alzábanse y descendían al agitado compás de una respiración fatigosa y sibilante, como si al llegar el aire a los resecos labios atravesara mallas de alambre caldeado.

Sentada junto a la cabecera de la cama estaba una joven de cabellos rubios y cutis blanquísimo, con los brazos cruzados bajo el pecho de gallardo perfil, y con los azules, rasgados ojos, velados por las lágrimas, fijos en el rostro de la enferma, y atenta a los menores movimientos de su cuerpo.

Al alcance de su mano había una mesa con jaropes de botica, que desde lejos se daban a conocer por lo subido de sus olores; y entre los jaropes, un reloj de bolsillo con la tapa abierta. Sobre la cabecera de la cama, colgado en la pared, un crucifijo de marfil; y debajo, una benditera y un ramito de laurel sujeto al lazo de seda que la sostenía.

Al aparecer en la alcoba el doctor, se levantó la joven y quiso decirle algo, tal vez como expresión de su agradecimiento; pero el llanto apagó su voz. Comprendióla el médico, al mismo tiempo que don

Lesmes se la presentaba como hija de la enferma y autora de la carta que él había recibido, y no le faltaron en aquel momento oportunas frases de las muchas que aún conservaba en su repertorio de médico viejo de la corte y hombre de buena sociedad.

Diose comienzo a la inspección facultativa, que fue detenida y minuciosa. El doctor mostró durante ella el certero desembarazo que da una larga y gloriosa práctica. Se hallaba junto a aquel lecho, que era casi un ataúd, como los buenos generales en los trances apurados de una batalla perdida: explorando, con perfecto conocimiento del terreno, los únicos puntos vulnerables del enemigo. Águeda y don Lesmes, por no poder hacerlo la enferma, respondían a sus preguntas. No cansaré al pío lector con el relato minucioso de estas investigaciones facultativas, porque ni son del caso, ni yo entiendo jota de ellas. Pero he de citar un detalle, por lo que de él corresponde a la figura de don Lesmes.

El doctor había puesto bajo el brazo de la enferma, en contacto inmediato con la piel, un primoroso tubo de cristal graduado. Don

Lesmes, como si no supiera qué iba a pasar allí, miraba de reojo la operación y el tubo.

Cuando el doctor retiró el termómetro y hubo consultado la altura del mercurio:

—Vea usted —dijo a don Lesmes poniéndole el aparato delante de la cara.

—Ya, ya..., ya veo —respondió don Lesmes sin saber qué mirar en aquello que le parecía un alfiletero grande.

—¡Cuarenta y uno! —añadió el doctor en voz baja.

—Justos y cabales —repuso el otro por responder algo, pues como no sabía de qué se trataba, lo mismo eran para él cuarenta y uno que cuarenta mil.

Después examinó el doctor los jaropes que había sobre la mesa, arrimando la nariz a todos ellos.

—Sin perjuicio —dijo a don Lesmes, sacando al mismo tiempo un lapicero y un papel de su cartera— de lo que luego acordemos los dos, conviene que inmediatamente se traiga el medicamento que voy a disponer.

Table des matières

Dans cette édition

  1. 01Full text
  2. 02I. Pateta
  3. 03II. La comisión del doctor
  4. 04III. El sobrino de su tío
  5. 05IV. La raza
  6. 06V. La familia
  7. 07VI. Don Sotero
  8. 08VII. Águeda
  9. 09VIII. La espina de Águeda
  10. 10IX. Los trapillos de Macabeo
  11. 11X. Las uñas del raposo
  12. 12XI. Pasacalle
  13. 13XII. Más notas para un retrato
  14. 14XIII. Lo que se decía
  15. 15XIV. El fondo del abismo
  16. 16XV. La astilla y el palo
  17. 17XVI. Raya en el agua
  18. 18XVII. Mar sin riberas
  19. 19XVIII. El último esfuerzo
  20. 20XIX. Lo que llegó a decirse
  21. 21XX. Lobo y cordero
  22. 22XXI. Un caso de moral
  23. 23XXII. La hoguera de San Juan
  24. 24XXIII. La moral de aquel caso
  25. 25XXIV. De cuerpo entero
  26. 26XXV. Don Plácido
  27. 27XXVI. La gota del agua
  28. 28XXVII. Lo que encubrió la noche
  29. 29XXVIII. Lo que descubrió el día
  30. 30XXIX. De rechazo
  31. 31XXX. El sol de Tasia
  32. 32XXXI. Las heces del cáliz

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