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El Periquillo Sarniento

Édition BooksWhale en espagnol par José Joaquín Fernández de Lizardi

Una novela picaresca americana sobre educación, vicios sociales, supervivencia y crítica moral.

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Introduction du livre

El Periquillo Sarniento

El Periquillo Sarniento sigue las andanzas de Pedro Sarmiento en una sociedad marcada por engaños, oficios, cárceles y lecciones morales. Es una obra clave de la narrativa hispanoamericana temprana.

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José Joaquín Fernández de Lizardi murió en 1827, y El Periquillo Sarniento comenzó a publicarse en 1816. Estas fechas respaldan el dominio público de esta edición en español.

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El Periquillo Sarniento

José Joaquín Fernández de Lizardi

Chapitre d'aperçuCapítulo IAperçu

Comienza Periquillo escribiendo el motivo que tuvo para dejar a sus hijos estos cuadernos, y da razón de sus padres, patria, nacimiento y demás ocurrencias de su infancia

Postrado en una cama muchos meses hace, batallando con los médicos y enfermedades, y esperando con resignación el día en que, cumplido el orden de la Divina Providencia, hayáis de cerrar mis ojos, queridos hijos míos, he pensado dejaros escritos los nada raros sucesos de mi vida, para que os sepáis guardar y precaver de muchos de los peligros que amenazan, y aun lastiman al hombre en el discurso de sus días.

Deseo que en esta lectura aprendáis a desechar muchos errores que notaréis admitidos por mí y por otros, y que, prevenidos con mis lecciones, no os expongáis a sufrir los malos tratamientos que yo he sufrido por mi culpa; satisfechos de que mejor es aprovechar el desengaño en las cabezas ajenas que en la propia.

Os suplico encarecidamente que no os escandalicéis con los extravíos de mi mocedad, que os contaré sin rebozo, y con bastante confusión; pues mi deseo es instruiros y alejaros de los escollos donde tantas veces se estrelló mi juventud, y a cuyo mismo peligro quedáis expuestos.

No creáis que la lectura de mi vida os será demasiado fastidiosa, pues como yo sé bien que la variedad deleita el entendimiento, procuraré evitar aquella monotonía o igualdad de estilo, que regularmente enfada a los lectores. Así es, que unas veces me advertiréis tan serio y sentencioso como un Catón, y otras tan trivial y bufón como un Bertoldo.

Ya leeréis en mis discursos, retazos de erudición y rasgos de elocuencia; y ya veréis seguido un estilo popular mezclado con los refranes y paparruchadas del vulgo.

También os prometo que todo esto será sin afectación ni pedantismo, sino según me ocurra a la memoria, de donde pasará luego al papel, cuyo método me parece el más análogo con nuestra natural veleidad.

Últimamente, os mando y encargo que estos cuadernos no salgan de vuestras manos, porque no se hagan el objeto de la maledicencia, de los necios o de los inmorales; pero si tenéis la debilidad de prestarlos alguna vez, os suplico no los prestéis a esos señores, ni a las viejas hipócritas, ni a los curas interesables, y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y muertos, ni a los médicos y abogados chapuceros, ni a los escribanos, agentes, relatores y procuradores ladrones, ni a los comerciantes usureros, ni a los albaceas herederos, ni a los padres y madres indolentes en la educación de su familia, ni a las beatas necias y supersticiosas, ni a los jueces venales, ni a los corchetes pícaros, ni a los alcaides tiranos, ni a los poetas y escritores remendones como yo, ni a los oficiales de la guerra y soldados fanfarrones y hazañeros, ni a los ricos avaros, necios, soberbios y tiranos de los hombres, ni a los pobres que lo son por flojera, inutilidad o mala conducta, ni a los mendigos fingidos; ni los prestéis tampoco a las muchachas que se alquilan, ni a las mozas que se corren, ni a las viejas que se afeitan, ni... pero va larga esta lista. Basta deciros que no los prestéis ni por un minuto a ninguno de cuantos advirtiereis que les tocan las generales en lo que leyeren; pues sin embargo de lo que asiento en mi prólogo, al momento que vean sus interiores retratados por mi pluma, y al punto que lean alguna opinión que para ellos sea nueva o no conforme con sus extraviadas o depravadas ideas, a ese mismo instante me calificarán de un necio, harán que se escandalizan de mis discursos, y aun habrá quien pretenda quizá que soy hereje, y tratará de delatarme por tal, aunque ya esté convertido en polvo. ¡Tanta es la fuerza de la malicia, de la preocupación o la ignorancia!

Chapitre d'aperçuCapítulo IIAperçu

En el que Periquillo da razón de su ingreso a la escuela, los progresos que hizo en ella, y otras particularidades que sabrá el que las leyere, las oyere leer, o las preguntare

Hizo sus mohínas mi padre, sus pucheritos mi madre, y yo un montón de alharacas, y berrinches revueltos con mil lágrimas y gritos;

pero nada valió para que mi padre revocara su decreto. Me encajaron en la escuela mal de mi grado.

El maestro era muy hombre de bien; pero no tenía los requisitos necesarios para el caso. En primer lugar era un pobre, y emprendió este ejercicio por mera necesidad, y sin consultar su inclinación y habilidad; no era mucho que estuviera disgustado como estaba, y aun avergonzado en el destino.

Los hombres creen (no sé por qué) que los muchachos por serlo, no se entretienen en escuchar sus conversaciones ni las comprenden; y fiados en este error, no se cuidan de hablar delante de ellos muchas cosas que alguna vez les salen a la cara, y entonces conocen que los niños son muy curiosos, y observativos.

Yo era uno de tantos, y cumplía con mis deberes exactamente. Me sentaba mi maestro junto a sí, ya por especial recomendación de mi padre, o ya porque era yo el más bien tratadito de ropa que había entre sus alumnos.

No sé que tiene un buen exterior que se respeta hasta en los muchachos.

Con esta inmediación a su persona no perdía yo palabra de cuantas profería con sus amigos. Una vez le oí decir platicando con uno de ellos: «sólo la maldita pobreza me puede haber metido a escuelero; ya no tengo vida con tanto muchacho condenado; ¡qué traviesos que son y qué tontos! Por más que hago, no puedo ver uno aprovechado. ¡Ah, fucha en el oficio tan maldito! ¡Sobre que ser maestro de escuela es la última droga que nos puede hacer el diablo!...» Así se producía mi buen maestro, y por sus palabras conoceréis el candor de su corazón, su poco talento y el concepto tan vil que tenía formado de un ejercicio tan noble y recomendable por sí mismo, pues el enseñar y dirigir la juventud es un cargo de muy alta dignidad, y por eso los reyes y los gobiernos han colmado de honores y privilegios a los sabios profesores; pero mi pobre maestro ignoraba todo esto, y así no era mucho que formara tan vil concepto de una tan honrada profesión.

En segundo lugar, carecía, como dije, de disposición para ella, o de lo que se dice genio. Tenía un corazón muy sensible, le era repugnante el afligir a nadie, y este suave carácter lo hacía ser demasiado indulgente con sus discípulos. Rara vez les reñía con aspereza, y más rara los castigaba. La palmeta y disciplina tenían poco que hacer por su dictamen; con esto los muchachos estaban en sus glorias, y yo entre ellos, porque hacíamos lo que se nos antojaba impunemente.

Ya ustedes verán, hijos míos, que este hombre, aunque bueno de por sí, era malísimo para maestro y padre de familias; pues así como no se debe andar todo el día sobre los niños con el azote en la mano como cómitre de presidio, así tampoco se les debe levantar del todo. Bueno es que el castigo sea de tarde en tarde, que sea moderado, que no tenga visos de venganza, que sea proporcionado al delito, y siempre después de haber probado todos los medios de la suavidad y la dulzura para la enmienda; pero si éstos no valen, es muy bueno usar del rigor según la edad, la malicia y condición del niño. No digo que los padres y maestros sean unos tiranos, pero tampoco unos apoyos o consentidores de sus hijos o encargados. Platón decía, que no siempre se han de refrenar las pasiones de los niños con la severidad, ni siempre se han de acostumbrar a los mimos y caricias.

Table des matières

Dans cette édition

  1. 01Full text
  2. 02Capítulo I
  3. 03Capítulo II
  4. 04Capítulo III
  5. 05Capítulo IV
  6. 06Capítulo V
  7. 07Capítulo VI
  8. 08Capítulo VII
  9. 09Capítulo VIII
  10. 10Capítulo IX
  11. 11Capítulo X
  12. 12Capítulo XI
  13. 13Capítulo XII
  14. 14Capítulo XIII
  15. 15Capítulo XIV
  16. 16Capítulo I
  17. 17Capítulo II
  18. 18Capítulo III
  19. 19Capítulo IV
  20. 20Capítulo V
  21. 21Capítulo VI
  22. 22Capítulo VII
  23. 23Capítulo VIII
  24. 24Capítulo IX
  25. 25Capítulo X
  26. 26Capítulo XI
  27. 27Capítulo I
  28. 28Capítulo II
  29. 29Capítulo III
  30. 30Capítulo IV
  31. 31Capítulo V
  32. 32Capítulo VI
  33. 33Capítulo VII
  34. 34Capítulo VIII
  35. 35Capítulo IX
  36. 36Capítulo X
  37. 37Capítulo XI
  38. 38Capítulo I
  39. 39Capítulo II
  40. 40Capítulo III
  41. 41Capítulo IV
  42. 42Capítulo V
  43. 43Capítulo VI
  44. 44Capítulo VII
  45. 45Capítulo VIII
  46. 46Capítulo IX
  47. 47Capítulo X
  48. 48Capítulo XI
  49. 49Capítulo XII
  50. 50Capítulo XIII
  51. 51Capítulo XIV
  52. 52Capítulo XV
  53. 53Capítulo XVI
  54. 54HIC IACET
  55. 55PETRVS SARMIETO
  56. 56(VULGO)
  57. 57PERIQVILLO SARNIENTO
  58. 58PECCATOR VITA.
  59. 59NIHIL MORTE.
  60. 60QVISQVIS ADDES
  61. 61DEVM ORA
  62. 62VT
  63. 63IN ÆTERNVM VALEAT.
  64. 64AQUÍ YACE
  65. 65PEDRO SARMIENTO,
  66. 66COMÚNMENTE CONOCIDO
  67. 67POR
  68. 68PERIQUILLO SARNIENTO
  69. 69EN VIDA
  70. 70NO FUE MÁS QUE UN PECADOR.
  71. 71NADA EN SU MUERTE.
  72. 72PASAJERO,
  73. 73SEAS QUIEN FUERES,
  74. 74RUEGA A DIOS LE CONCEDA
  75. 75EL ETERNO DESCANSO.
  76. 76A
  77. 77C
  78. 78G
  79. 79I
  80. 80J
  81. 81M
  82. 82N
  83. 83P
  84. 84R
  85. 85S
  86. 86T
  87. 87Z

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