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Littérature
O locura o santidad
Édition BooksWhale en espagnol par José Echegaray
Un drama español sobre conciencia, honor, ideal moral, conflicto familiar y tensión entre razón y fe.
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O locura o santidad
O locura o santidad es un drama de José Echegaray que enfrenta ideales morales extremos con las convenciones sociales y familiares de su tiempo. Esta edición BooksWhale presenta el texto español de dominio público para lectores de teatro clásico, conflicto ético y literatura del siglo XIX.
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José Echegaray murió en 1916, y O locura o santidad se publicó por primera vez en 1877. Estas fechas respaldan la base de dominio público de esta edición original en español.
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O locura o santidad
José Echegaray
Chapitre d'aperçuACTO PRIMERO.Aperçu
La escena representa el despacho de don Lorenzo: forma octógona. — A la izquierda del espectador, y en primer término, una chimenea encendida: encima un gran espejo de marco negro: en segundo término, una puerta. — A la derecha, en primer término, otra puerta; en segundo término, una ventana. — En el fondo, la puerta principal. — En los dos chaflanes o lados oblicuos del octógono, grandes estantes con libros. — A la izquierda, una mesa de despacho con pupitre y sillón. — A la derecha, un sofá. — Sobre algunas sillas, sobre la mesa, en las repisas de los estantes y en las paredes, libros y objetos artísticos en confusión, pero sin que aparezca recargado el conjunto. — El adorno, elegante y rico, pero de gusto muy severo: cortinajes y muebles oscuros. — Es día de invierno: la luz muy escasa.
ESCENA PRIMERA.
DON LORENZO.
Sentado a la mesa y leyendo atentamente.
DON LORENZO.
«Las misericordias, respondió don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte». (Suspende la lectura y queda pensativo largo rato). ¡Locura luchar sin tregua ni reposo por la justicia en esta revuelta batalla de la vida, como luchaba en el mundo de sus imaginaciones el héroe inmortal del inmortal Cervantes! ¡Locura amar con amor infinito, y sin alcanzarla jamás, la divina belleza, como él amaba a la Dulcinea de sus apasionados deseos! ¡Locura ir con el alma tras lo ideal por el áspero y prosaico camino de las realidades humanas, que es tanto como correr tras una estrella del cielo por entre peñascales y abrojos! Locura es, según afirman los doctores; mas tan inofensiva, y, por lo visto, tan poco contagiosa, que para atajarla no hemos menester otro Quijote. (Pausa. Después se levanta, viene al centro del escenario, y de nuevo se queda pensativo).
ESCENA II.
DON LORENZO, DOÑA ÁNGELA, DON TOMÁS.
Los dos últimos se detienen en la puerta de la derecha, primer término, y desde allí, medio ocultos por el cortinaje, observan a don Lorenzo. Este en el centro y volviéndoles la espalda.
ÁNGELA.
¿Le ve usted? Como siempre; leyendo y pensando.
DON TOMÁS.
Ángela, su esposo de usted es todo un sabio; pero no abusemos de la sabiduría. Si la cuerda, cuanto más tensa, da sonidos más agudos, también con mayor facilidad se rompe; y al romperse, a la divina nota, sucede un eterno silencio. Mientras el cerebro se agita en sublimes espasmos, la locura acecha: no lo olvide usted. (Pausa).
DON LORENZO.
¡Extraño libro, libro sublime! ¡Cuántos problemas puso Cervantes en ti, quizá sin saberlo! ¿Loco tu héroe? Loco, sí: loco. (Pausa). El que no oyera más que la voz del deber al marchar por la vida; el que en cada instante, dominando sus pasiones, acallando sus afectos, sin más norte que la justicia ni más forma que la verdad, a la verdad y la justicia acomodase todos sus actos, y con sacrílega ambición quisiera ser perfecto como el Dios de los cielos..., ese, ¡qué ser tan extraño sería en toda sociedad humana! ¡Qué nuevo don Quijote entre tanto y tanto Sancho! Y al tener que condenar en uno el interés, la vanidad en otro, la dicha de aquel, los desordenados apetitos de este, las flaquezas de todos, ¡cómo su propia familia, a la manera del ama y la sobrina del andante caballero; cómo sus propios amigos, de igual suerte que el cura y el barbero y Sansón Carrasco; cómo jayanes y doncellas, y duques y venteros, y moros y cristianos a una voz le declararan loco, y por loco él mismo se tuviera, o al morir lo fingiría, porque le dejasen al menos morir en calma!
Chapitre d'aperçuACTO SEGUNDO.Aperçu
La misma decoración del acto anterior. Es de noche. La chimenea está encendida: hay una vela con pantalla sobre la mesa de despacho.
ESCENA PRIMERA.
EDUARDO.
Aparece escuchando a la puerta de la derecha; después viene al centro.
EDUARDO.
Nada se oye. ¿Habrá vuelto en sí? ¡Oh, Dios mío, y en esta vida, qué cerca de la vida está la muerte! (Pausa). ¡Y piensan que he de renunciar a mi adorada Inés! ¡Suponen que yo he dar crédito a esa ridícula historia que don Lorenzo refiere! ¡Pobre sabio!, ¿qué sabe él lo que se dice? (Breve pausa). Y aun siendo cierto lo que afirma, ¿dejaría de ser Inés la más hermosa y la más amante de las mujeres? Será mía aunque tenga que arrastrarme a los pies de mi madre y regarlos de lágrimas: cederá don Lorenzo aunque tengamos que ponerle una mordaza y una camisa de fuerza; y esa pobre mendiga, que con sus delirios contagió al desatentado filósofo, se irá de aquí, se irá lejos, muy lejos de nosotros. ¡Con tal que Inés resista el golpe que recibió de su padre! (Acercándose otra vez a la puerta y escuchando). Nada..., nada: silencio, siempre el mismo silencio. (Volviendo al centro del escenario). Su padre... ¡Ah, su padre! Dios me perdone, pero casi le aborrezco. (Exaltándose por grados). ¡Insensato, y cómo se complacía en torturarla! ¡Su padre, sabio sin seso, ateo con pujos de santidad, nuevo don Quijote con el ingenio de menos y la pedantería de más, falso caballero Bayardo de la honradez! ¿Qué padre es ese que desgarrando el corazón de una hija pretende ganar reputación de virtud? ¡Fuera la virtud así, y me pareciera más simpático el crimen! Nadie viene..., y pasan las horas... Alguien se acerca.
ESCENA II.
EDUARDO, DUQUESA por la derecha.
EDUARDO.
¡Madre mía!... ¿Inés, cómo está Inés?... ¿Ha vuelto en sí?
DUQUESA.
Al fin, a Dios gracias. ¡Pobre niña! No he querido marcharme hasta que pasara el peligro; pero ya está bien. Y ahora, hijo mío...
EDUARDO.
Ahora he de verla.
DUQUESA.
¡Eduardo!
EDUARDO.
Y después hemos de hablar a don Lorenzo; y después...
DUQUESA.
Y después has de concluir con mi paciencia. He hecho por ti cuanto el decoro, la dignidad y los respetos sociales me han permitido, y algo más; pero ha llegado el instante de que te muestres hombre, de que recuerdes quién eres, y de que escuches la voz del deber.
EDUARDO.
Bien dices: haré lo que hacer deba; pero no sé, y perdóname, madre mía, si entendemos el deber del mismo modo.
DUQUESA.
Debes renunciar a Inés para siempre.
EDUARDO.
¿Por qué? ¿Porque es pobre?
DUQUESA.
No es eso.
EDUARDO.
Entonces ¿por qué, madre mía? ¿Porque don Lorenzo intenta tan sublime acción que, si la realiza, ha de eternizarse su nombre en libros y en historias, y hasta quién sabe si alcanzará puesto en el calendario?
DUQUESA.
Buen humor gastas, y no es esta mala señal.
EDUARDO.
Quiero probarte que conservo toda mi sangre fría. Y por lo demás, a don Lorenzo hay que tomarle en broma, o hay que encerrarle en una casa de orates.
DUQUESA.
No digas esas cosas, Eduardo: no me gusta que hables de ese modo. Aunque hay algo de exagerado, no poca precipitación, y cierto alarde melodramático en los proyectos de don Lorenzo, no puede desconocerse que su conducta es la de un hombre de bien.
EDUARDO.
Porque se goza en la desventura de su hija.
DUQUESA.
Porque cumple leyes divinas sin respeto a pasiones humanas.
EDUARDO.
Pues si tan honrado es don Lorenzo y el brillo de acciones nobles se hereda, rico en nobleza heredada viene a ser el ángel de mi vida.
Table des matières
Dans cette édition
- 01Full text
- 02ACTO PRIMERO.
- 03ACTO SEGUNDO.
- 04ACTO TERCERO.
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